San Agustín: de “mañana me convierto” a santo por insistencia materna
Por Alfredo Muñiz
Hay conversiones que suceden de golpe, como quien recibe una iluminación divina en mitad del camino. Y luego está la de San Agustín, que tuvo bastante más recorrido: años de dudas, fiestas, ambiciones, filosofía, amores, cambios de opinión y, sobre todo, una madre detrás recordándole que aquello de Dios no era una moda pasajera.
Porque si hubiera existido WhatsApp en el siglo IV, probablemente Santa Mónica habría sido capaz de fundar el primer grupo familiar de oración y mandar a su hijo mensajes del tipo:
—Agustín, ¿has rezado ya?
—Mamá, estoy estudiando filosofía.
—Sí, hijo, pero ¿has rezado?
—Estoy buscando la verdad.
—Pues deja de buscarla tanto y vuelve a casa.
Y es que la vida de Agustín fue, durante mucho tiempo, una especie de viaje turístico por las distintas maneras de no decidirse.
Nació en Tagaste, en el norte de África, en el año 354. Su padre, Patricio, no era precisamente un santo —aunque acabaría bautizándose poco antes de morir—, mientras que su madre, Mónica, tenía una vocación religiosa de tal calibre que, si hubiera vivido hoy, seguramente habría sido de esas personas que en una familia consiguen que todo el mundo rece aunque nadie sepa exactamente cómo ha ocurrido.
Agustín fue brillante. Inteligente, culto, ambicioso y con una enorme curiosidad intelectual. Quería triunfar, enseñar, escribir y encontrar respuestas a las grandes preguntas de la existencia.
El problema es que, mientras buscaba la verdad, también quería disfrutar bastante del camino.
Y ahí comenzó el conflicto.
Agustín tuvo una juventud apasionada, cultivó amistades, buscó prestigio y se dejó seducir por diferentes corrientes filosóficas y religiosas. Durante años estuvo alejado del cristianismo de su madre.
Mónica, mientras tanto, no parecía dispuesta a darse por vencida.
Aquella mujer tenía una paciencia directamente proporcional a su capacidad de insistencia.
Rezaba por su hijo. Lloraba por él. Le seguía la pista. Hablaba con obispos. Y, cuando parecía necesario, probablemente habría perseguido al mismísimo san Pedro si hubiera tenido su dirección.
Su hijo se marchó a Roma.
Mónica, detrás.
Agustín se marchó a Milán.
Mónica, detrás.
Y uno empieza a sospechar que la providencia divina utilizó a Santa Mónica como una especie de servicio de seguimiento espiritual a domicilio.
Pero la cosa no terminó ahí.
En Milán, Agustín conoció al obispo Ambrosio. Y aquel encuentro sería fundamental.
Ambrosio no trató de convencerle mediante broncas ni sermones interminables. Agustín descubrió en él una manera de interpretar las Escrituras que respondía a muchas de las dificultades intelectuales que le habían alejado de la fe.
Y entonces comenzó el combate interior.
Porque una cosa es pensar que el cristianismo es interesante y otra muy distinta decidirse a vivirlo.
Agustín quería cambiar, pero le costaba.
Lo cuenta él mismo en sus famosas Confesiones, donde reconoce aquella lucha interior entre lo que sabía que debía hacer y aquello que todavía le atraía.
Era, en cierto modo, el drama universal del ser humano:
—Mañana empiezo.
—¿Mañana?
—Sí, mañana.
Y así sucesivamente.
Hasta que llegó el momento decisivo.
Agustín estaba en Milán, en un jardín, sumido en una profunda crisis interior. Entonces oyó una voz infantil que repetía unas palabras que interpretó como una invitación a leer.
Tomó las Escrituras y encontró en ellas una llamada que le llevó definitivamente hacia la conversión.
Aquello no fue simplemente cambiar de opinión.
Fue cambiar de vida.
En el año 387 recibió el bautismo de manos de Ambrosio, junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio.
Y aquí aparece la gran paradoja de esta historia: Agustín, que acabaría siendo uno de los grandes pensadores cristianos de todos los tiempos, necesitó muchos años para llegar a una verdad que su madre llevaba años rezando para que descubriera.
Santa Mónica no convirtió a su hijo a fuerza de discursos.
Lo acompañó.
Insistió.
Esperó.
Lloró.
Rezaba.
Y, sobre todo, nunca dio por perdido a aquel muchacho extraordinario que parecía empeñado en dar más vueltas que una noria antes de encontrar su camino.
La tradición cristiana ha visto en Mónica una figura esencial en la conversión de Agustín. Y resulta difícil separar la historia del hijo de la perseverancia de la madre.
Después del bautismo, Agustín emprendió el camino de regreso hacia África. Pero Mónica murió en Ostia, cerca de Roma, en el año 387.
Su misión estaba cumplida.
No llegó a ver todo lo que su hijo llegaría a ser: sacerdote, obispo de Hipona, escritor, pensador y uno de los grandes Padres de la Iglesia.
Quizá por eso la historia de Agustín tiene algo profundamente humano.
No nació santo.
No fue un niño perfecto.
No encontró inmediatamente el camino.
Se equivocó, dudó, buscó, se resistió y tardó.
Mucho.
Pero precisamente ahí está una de las grandezas de su historia: la fe no siempre llega por la puerta principal; a veces entra por una rendija después de años de llamar.
Y detrás de aquella puerta estuvo durante mucho tiempo una mujer llamada Mónica.
Porque hay madres que llevan a sus hijos al colegio, otras que les preparan la comida y algunas, como Santa Mónica, que se pasan años rezando para que el niño encuentre el camino de Dios.
Agustín acabó encontrándolo.
Aunque, visto con perspectiva, quizá habría que reconocer que el GPS espiritual lo llevaba puesto su madre desde el principio.
Y así terminó aquella larga persecución materna: el hijo convertido en santo y la madre convertida en patrona de las madres que rezan, esperan y no se rinden.
Porque si algo demuestra la historia de San Agustín es que Dios puede tener mucha paciencia.
Pero algunas madres, todavía más.


