De las aguas canarias a los bosques de Andorra: el presidente que se quedó sin bicicleta
por Alfredo Muñiz
Si don Francisco de Quevedo resucitara este verano y se encontrara con el presidente del Gobierno haciendo las maletas, quizá le preguntaría:
—¿Adónde vais, señor presidente?
—A Andorra.
—¿A gobernar?
—No, a montar en bicicleta.
Y Quevedo, que conocía perfectamente las miserias del poder, probablemente respondería:
—Entonces, señoría, pedalead deprisa, que el verano político viene cuesta arriba.
Porque este verano la política española tiene algo de sainete, algo de tragedia y mucho de agencia de viajes.
Primero fueron las vacaciones, después las excursiones, luego las bicicletas, más tarde el eclipse y, entre maleta y maleta, siempre queda alguna crisis esperando en el despacho.
El presidente Pedro Sánchez, según cuenta la rumorología política de temporada, habría recibido una recomendación de sus numerosos asesores: mejor suspender la escapada andorrana.
Y no porque la montaña haya dejado de ser hermosa, ni porque los bosques pirenaicos hayan cometido pecado alguno.
El problema es que el horno político no está para cantar aquello de Pippi Calzaslargas: «Voy andando, voy en bicicleta, con mi súper bici».
Aunque, bien pensado, quizá la canción oficial del verano gubernamental podría ser otra:
> «Voy andando, voy en bicicleta,
> mientras la oposición aprieta la rueda».
La bicicleta presidencial se queda en el garaje
Así que la súper bicicleta, preparada para conquistar los caminos forestales de Andorra, corre el riesgo de convertirse en objeto decorativo.
¡Qué tragedia nacional!
Después de tanto entrenamiento, tanta equipación, tanto casco y tanta planificación, resulta que el presidente puede terminar practicando ciclismo de montaña en la Sierra madrileña.
Eso sí que sería austeridad vacacional.
Nada de montañas andorranas.
Nada de escapadas internacionales.
Nada de fotografías entre pinos y cumbres.
La Moncloa-Pedaleando Edition.
Y quizá algún asesor, mirando el mapa, diga:
—Presidente, podemos hacer una ruta estupenda por la sierra.
—¿Hay cobertura?
—Sí.
—¿Y cámaras?
—También.
—Entonces no es tan mala idea.
Porque en política moderna hasta una excursión necesita gabinete de comunicación.
Del Atlántico al Pirineo
La excursión tenía, además, cierto encanto geográfico.
Primero, las aguas de Canarias, con sus playas, sus fondos marinos y sus baños atlánticos.
Después, la montaña.
Una especie de operación bikini presidencial con final ciclista.
Del bañador al maillot.
Del Atlántico al Pirineo.
Del agua salada al sudor de la bicicleta.
Un programa vacacional perfectamente diseñado para demostrar que gobernar también puede ser una actividad de resistencia.
El problema es que entre las aguas canarias y los bosques andorranos existe una pequeña dificultad llamada realidad política.
Y la realidad, a diferencia de una bicicleta eléctrica, no tiene asistencia al pedaleo.
El eclipse que eclipsó las vacaciones
Además, este verano ya había una protagonista celestial: la maleta presidencial parecía llevar incorporada una excursión astronómica.
Porque si hay algo que le gusta a la política contemporánea es contemplar eclipses.
Especialmente cuando uno puede decir que ha visto cómo se oscurece el sol mientras, metafóricamente, intenta que no se oscurezca el Gobierno.
Pero este año parece que hasta los astros se han puesto complicados.
Primero el eclipse.
Después las vacaciones.
Ahora Andorra.
Y mientras tanto, en Madrid, la realidad política esperando con la paciencia de un acreedor.
Ceuta: el problema que no cabe en una maleta
Porque hay asuntos que no se pueden meter en una maleta Samsonite.
La crisis de Ceuta, por ejemplo.
No cabe entre los bañadores.
No entra en el neceser.
No se puede dejar en consigna.
Y tampoco desaparece porque uno cambie de paisaje.
Mientras algunos preparan argumentos para explicar la actuación del Gobierno ante la crisis, otros preparan ruedas de prensa, declaraciones, explicaciones y contraexplicaciones.
La política española tiene una extraordinaria capacidad para convertir una pregunta sencilla en una tesis doctoral.
—¿Qué pasó?
—Estamos trabajando.
—¿Y qué van a hacer?
—Estamos estudiando todas las posibilidades.
—¿Y cuándo?
—Cuando corresponda.
Quevedo habría resumido la rueda de prensa en cuatro palabras:
«Mucho verbo, poca respuesta».
Begoña y el otro calendario
Y mientras el presidente estudia si pedalea por Madrid o por los Pirineos, Begoña Gómez afronta su propio calendario judicial.
Conviene aquí recordar que cualquier acusación o procedimiento judicial debe tratarse como lo que es: un asunto sujeto a investigación y garantías procesales, no una condena anticipada.
Pero la sátira política, que no conoce vacaciones, observa el contraste.
Uno preparando rutas ciclistas.
Otra preparando su comparecencia ante el juzgado.
Y en medio, el verano.
Ese verano español que empieza con una sombrilla, continúa con una crisis y termina preguntándose dónde se ha metido el presidente.
Y aparecen los «fachas» de temporada
Lo más divertido es que, según esta particular versión del verano político, hasta dentro del propio partido empiezan a aparecer voces incómodas.
Porque en España basta con discrepar de la estrategia vacacional del líder para que alguien sospeche que se ha infiltrado un facha en la terraza.
—¿Quién ha dicho que el presidente debería quedarse trabajando?
—¡Un opositor!
—¿De la oposición?
—No necesariamente.
—Entonces es peor.
Porque en la política contemporánea existe una nueva categoría ideológica:
el compañero que piensa distinto.
Y ese puede ser más peligroso que cualquier adversario externo.
El síndrome de la tumbona presidencial
Gobernar en verano tiene una dificultad añadida.
Mientras el ciudadano observa la playa, el político observa los titulares.
Mientras uno prepara la nevera portátil, otro prepara la comparecencia.
Mientras unos hacen turismo, otros hacen balance de daños.
Y mientras el presidente mira una bicicleta de montaña, alguien en Moncloa probablemente mira el teléfono y pregunta:
—¿Hay alguna noticia buena?
Silencio.
—¿Ninguna?
Silencio.
—¿Ni siquiera una?
—Sí.
—¿Cuál?
—Que ha bajado la temperatura.
—¿Políticamente?
—No. Meteorológicamente.
Y así acaba el verano presidencial.
La súper bicicleta se queda aparcada.
Andorra espera.
Los bosques pirenaicos tendrán que conformarse con otros ciclistas.
Las aguas canarias seguirán allí, indiferentes a los problemas de Moncloa.
El eclipse ya pasó.
Y Madrid, esa gran ciudad que nunca concede vacaciones completas a nadie, vuelve a aparecer en el horizonte.
Porque al final, querido presidente, hay momentos en los que el mejor deporte no es el ciclismo de montaña, sino esquivar los titulares.
Y si Quevedo pudiera cerrar esta crónica, seguramente lo haría con una sonrisa de medio lado:
«En España, señor presidente, hasta las vacaciones necesitan mayoría parlamentaria.»
Y si no la tienen, siempre queda la Sierra de Madrid.
Eso sí: con casco, sin maleta y con el teléfono encendido.


