Amigos de verdad y parientes de mentira: el arte de querer cuando conviene

  1. Por el interés te quiero, Andrés

Tratado quevedesco sobre amigos, parientes y otros interesados

pon Alfredo Muñiz

Si don Francisco de Quevedo levantara hoy la cabeza, probablemente volvería a acostarse. No por cansancio, sino porque descubriría que la condición humana apenas ha cambiado: seguimos teniendo amigos que nos quieren mucho, familiares que nos quieren muchísimo y otros que nos quieren exactamente en proporción a lo que podemos darles.

Porque hay dos clases de afectos: el que nace del corazón y el que nace de la calculadora. El primero no necesita factura; el segundo siempre encuentra la manera de pasarla.

El viejo refrán castellano lo explicó con una precisión quirúrgica: «Por qué te quiero, Andrés? Por el interés». Y si antes era un refrán, hoy parece casi un manual de relaciones humanas.

El matrimonio y la letra pequeña del querer

Cuando uno se casa, el sacerdote pregunta aquello de: «¿Quieres y prometes querer durante toda tu vida, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en lo bueno y en lo malo?».

La pregunta tiene una profundidad extraordinaria, aunque algunos parecen escuchar solamente la parte de «en la riqueza».

Porque querer de verdad significa aceptar que las personas cambian. Cambia el carácter, cambian las circunstancias, cambian las necesidades y, algunas veces, cambia hasta el cariño. Lo que no debería cambiar es la dignidad con la que nos tratamos.

Y aquí aparece una palabra fundamental: los límites.

La amistad no consiste en firmar un contrato de servidumbre voluntaria. El amor familiar tampoco convierte a nadie en cajero automático, chófer, secretario, psicólogo, notario, abogado, avalista y solucionador universal de problemas.

Hay favores que se hacen por cariño. Hay favores que se agradecen. Y hay favores que, cuando se repiten demasiado, dejan de ser favores y empiezan a parecer un puesto de trabajo sin sueldo.

El amigo verdadero no lleva una calculadora

La amistad auténtica tiene una característica maravillosa: no lleva contabilidad.

El buen amigo está cuando las cosas van mal, pero también cuando van extraordinariamente bien. Y esto último es mucho más difícil de lo que parece.

Porque cuando un amigo triunfa, consigue un premio, publica un libro, monta una empresa, alcanza una meta o simplemente disfruta de una etapa feliz, el verdadero amigo se alegra sinceramente.

El falso amigo, en cambio, practica una modalidad más sofisticada de la envidia: la indiferencia selectiva.

No critica el éxito. Sería demasiado evidente.

Simplemente no lo menciona.

—¿Has visto que a Pedro le han dado un premio?

—Ah, sí.

Y cambia de conversación con la velocidad de un político cuando le preguntan por una promesa electoral.

El verdadero amigo celebra tu felicidad como si una parte de ella también le perteneciera.

El interesado, en cambio, celebra tu éxito únicamente cuando puede encontrar una silla cerca de la mesa.

El tanatorio: último gran encuentro social

Pero donde la sociedad ha alcanzado auténticas cotas de solemnidad es en los funerales.

Muere un familiar y aparecen de repente personas que llevaban años desaparecidas.

El tanatorio se convierte entonces en una especie de congreso internacional del pésame.

Unos vienen porque quieren a la familia.

Otros porque corresponde.

Otros porque hay que dejarse ver.

Y alguno, si pudiera, pediría acreditación de prensa.

—Lo siento muchísimo.

—Muchas gracias.

—¿Cómo estás?

—Mal, imagínate.

—Claro, claro…

Y después de quince minutos de conversación, alguien ya está preguntando quién ha venido, quién falta, quién se ha divorciado, quién ha engordado, quién se ha operado y qué tal está el negocio.

La muerte, que debería ser un momento de recogimiento, acaba convirtiéndose en ocasiones en una feria de relaciones públicas con coronas de flores.

Y no digo que todos sean así. Al contrario: hay personas que acuden porque sienten de verdad el dolor ajeno. Son las que llegan discretamente, abrazan, acompañan y no necesitan hacerse una fotografía emocional de su propia bondad.

Esos son los que cuentan.

La familia: esa maravillosa institución donde todo se sabe y nada se perdona

La familia debería ser el territorio natural del cariño.

Pero también puede convertirse en el territorio donde más fácilmente se confunde el amor con la obligación.

Hay familiares que aparecen cuando necesitan algo con una puntualidad ferroviaria.

No saben cómo estás durante once meses y veintinueve días, pero el día que necesitan dinero, un favor, una recomendación, un coche, una casa, un contacto o que les resuelvas un problema administrativo, descubren inmediatamente que sois «familia».

—Primo, como somos familia…

Esta frase debería llevar música de suspense.

Porque después de «como somos familia» puede venir prácticamente cualquier cosa.

Y si uno se niega:

—¡Pero si somos familia!

Naturalmente. Precisamente por eso quizá convenga conservar la relación evitando convertirla en una oficina de servicios.

Los partidos políticos: amistad con carné y memoria selectiva

La política tampoco se libra.

En los partidos existen amistades extraordinarias mientras uno tiene poder, cargo, despacho, influencia o capacidad de colocar una llamada telefónica en el lugar adecuado.

Cuando se pierde el poder ocurre un fenómeno paranormal.

Los teléfonos dejan de sonar.

Los antiguos compañeros están «muy ocupados».

Los que ayer abrazaban con entusiasmo hoy apenas recuerdan el apellido.

El político caído descubre entonces una verdad incómoda: muchas veces no tenía amigos; tenía compañeros de viaje con billete de primera clase.

Y cuando se acaba el viaje, cada cual baja en su estación.

La empresa familiar: donde el cariño se reúne con el balance

Pero si existe un lugar donde la amistad interesada puede alcanzar categoría olímpica es en la empresa familiar.

Allí se mezclan la sangre, el dinero, el cariño, las acciones, los dividendos y ese misterioso concepto llamado «lo hemos hecho siempre así».

Al principio todos son hermanos, primos y parientes.

Después aparecen los porcentajes.

Y cuando aparecen los porcentajes, hasta el primo más querido empieza a tener cara de accionista minoritario.

—Somos familia.

—Sí, pero yo tengo un 12,5 %.

Y ahí termina la poesía y empieza Excel.

En una empresa familiar debería existir transparencia, información, respeto y reglas claras. Porque cuando las cuentas dejan de estar claras, hasta el cariño comienza a necesitar auditoría.

El problema no es tener familia en una empresa.

El problema aparece cuando la empresa se convierte en el cortijo de uno y la familia en el público invitado.

Entonces el parentesco deja de ser vínculo y se convierte en argumento de autoridad.

El verdadero examen de la amistad

La vida acaba poniendo a cada persona en su sitio.

El verdadero amigo no pregunta:

—¿Qué puedo sacar de esto?

Pregunta:

—¿Cómo puedo ayudarte?

No aparece solamente cuando necesitas algo.

Aparece cuando no necesitas nada.

No se alegra de tus desgracias.

Pero tampoco se entristece de tus éxitos.

No necesita competir contigo.

No necesita utilizar tus debilidades.

No necesita recordarte constantemente lo que hizo por ti.

Porque cuando un favor necesita ser recordado cada seis meses, quizá no era un favor: era una inversión con intereses.

Y hay inversiones afectivas que cotizan peor que las acciones de una empresa en quiebra.

La gran diferencia

Al final, quizá la diferencia entre el amigo verdadero y el interesado sea muy sencilla.

El interesado pregunta qué tienes.
El amigo pregunta cómo estás.

El interesado aparece cuando puede ganar algo.

El amigo aparece aunque no pueda ganar nada.

El interesado desaparece cuando dejas de ser útil.

El amigo permanece cuando ya no puedes ofrecerle absolutamente nada.

Y lo mismo sucede en la familia, en la política, en los negocios y hasta en esas reuniones sociales donde todo el mundo se abraza mucho y se quiere todavía más, siempre que haya algo que repartir.

Quevedo seguramente habría concluido que el mundo está lleno de gente que dice «te quiero», pero conviene mirar qué viene después.

Si después viene un abrazo, puede ser amor.

Si viene una petición, puede ser necesidad.

Si viene una factura, probablemente era interés.

Y si después de la factura todavía te dicen que lo hacen «por cariño», entonces, querido Andrés, corre: acabas de descubrir la versión premium del refrán.

Porque la amistad verdadera no pregunta cuánto tienes en el bolsillo.

Mira lo que tienes en el corazón.

Y la falsa amistad, en cambio, tiene una virtud admirable: nunca pierde la cuenta.

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