De cómo el primo mediocre llega al consejo, el jefe inútil asciende a director y el patriarca descubre que sus hijos son excelentes… siempre que no piensen
por Alfredo Muñiz
Hay familias que se quieren mucho. Sobre todo cuando hay una herencia de por medio.
Hay empresas donde reina la meritocracia. Particularmente cuando el mérito consiste en ser hijo del dueño.
Y existen partidos políticos donde todos son compañeros, hermanos y camaradas. Hasta que uno discrepa. Entonces deja de ser compañero, pasa a ser sospechoso y, finalmente, descubre que en política la amistad tiene la misma duración que una legislatura.
España ha desarrollado una extraordinaria especialidad nacional: el desprecio organizado.
No tenemos bastante con el paro, la inflación, los impuestos, las hipotecas y los grupos de WhatsApp familiares. Hemos añadido una modalidad de tortura más sofisticada: hacer sentir inútil a quien resulta demasiado competente.
Porque en determinados ambientes la inteligencia no se premia.
Se vigila.
La iniciativa no se recompensa.
Se sospecha de ella.
Y el talento, cuando no lleva el apellido correcto, puede convertirse en una enfermedad contagiosa que conviene aislar.
Bienvenidos al maravilloso mundo del mobbing, el bossing, el desprecio familiar y la política de “aquí se hace lo que yo digo porque para eso soy el que manda”.
El desprecio como deporte nacional: manual de supervivencia para familias, empresas y partidos políticos
El patriarca: ese ser que confunde autoridad con infalibilidad
En ciertas familias empresarias existe una criatura mitológica conocida como el patriarca omnisciente.
Suele sentarse en la cabecera de la mesa, hablar poco y mirar mucho.
Ha fundado la empresa.
Ha comprado los primeros terrenos.
Ha conocido a todos los bancos.
Ha sobrevivido a tres crisis, cuatro gobiernos y cinco directores financieros.
Por tanto, considera que también sabe de marketing, recursos humanos, fiscalidad, viticultura, inteligencia artificial, medicina, geopolítica y, naturalmente, de lo que deben hacer sus hijos.
El patriarca posee una facultad extraordinaria: puede convertir una discrepancia profesional en una traición familiar.
Si el hijo dice:
—Papá, creo que deberíamos cambiar la estrategia.
El patriarca escucha:
—Papá, eres un inútil.
Si la hija propone profesionalizar la gestión:
—Quizá deberíamos contratar a un director externo.
El patriarca traduce:
—Quiero echarte del trono.
Y si alguno osa preguntar por las cuentas:
—¿Por qué hemos gastado tanto?
La respuesta suele ser filosófica:
—Porque siempre se ha hecho así.
Esta frase, que parece inocente, ha causado más ruinas empresariales que algunas guerras.
El gran pecado: tener criterio propio
El problema comienza cuando aparece en la organización alguien competente.
Ese es el verdadero enemigo.
No importa que trabaje mucho.
No importa que sea honrado.
No importa que tenga experiencia.
No importa que genere resultados.
Lo verdaderamente peligroso es que tenga criterio.
El mediocre puede ser tolerado.
El adulador resulta incluso agradable.
El obediente es considerado “de confianza”.
Pero el profesional que pregunta, analiza, propone y discrepa constituye una amenaza de dimensiones bíblicas.
Porque el jefe mediocre no teme al incompetente.
Teme al competente.
Al incompetente puede darle instrucciones.
Al competente tiene que darle explicaciones.
Y eso ya es demasiado trabajo.
La meritocracia familiar: oposición libre con apellido
En algunas empresas familiares se practica una modalidad muy particular de selección de personal.
Se llama meritocracia hereditaria.
Consiste en que el puesto se obtiene por méritos.
Concretamente, por el mérito de haber nacido en la familia adecuada.
El candidato puede no tener experiencia.
No importa.
Puede no tener formación.
Ya aprenderá.
Puede haber fracasado anteriormente.
Eso demuestra carácter.
Puede llevar años sin aparecer por la empresa.
Eso significa que delega.
Y puede haber conseguido resultados desastrosos.
Eso demuestra que está preparado para asumir mayores responsabilidades.
Mientras tanto, el empleado externo, que lleva veinte años levantando la empresa, descubriendo clientes, resolviendo problemas y llegando antes que el jefe, contempla la escena con la serenidad del condenado que ya ha visto al verdugo afilar el hacha.
Porque sabe que hay una regla no escrita:
En determinadas familias empresarias, el talento puede ascender hasta donde empieza el árbol genealógico.
La tala del árbol familiar
Y cuando ya no caben todos los descendientes en el organigrama aparece la solución revolucionaria:
la tala familiar.
—No hay sitio para todos.
Magnífico.
Pero entonces surge una pequeña pregunta:
¿Por qué unos tienen despacho, coche, sueldo, tarjeta y poder mientras otros reciben una palmada en la espalda y la recomendación de “buscarse la vida”?
La respuesta suele encontrarse en un concepto empresarial de gran precisión científica:
“Porque sí.”
A veces se presenta con una terminología más sofisticada:
—Es una decisión estratégica.
En España, “decisión estratégica” puede significar prácticamente cualquier cosa.
Desde comprar una empresa hasta echar al cuñado.
Desde contratar al sobrino hasta ignorar al accionista.
Desde repartir dividendos hasta comprarse un coche.
El mobbing: la guerra que no deja cadáveres visibles
El acoso psicológico tiene una ventaja extraordinaria para quien lo practica:
no mancha la moqueta.
No hace falta levantar la mano.
Basta con retirar una reunión.
Después una información.
Luego una responsabilidad.
Más tarde una llamada.
Después el despacho.
Finalmente, hasta el saludo.
El acosado empieza preguntándose:
—¿Qué habré hecho?
Y termina preguntándose:
—¿Qué demonios hago aquí?
El procedimiento es sencillo.
Primero se ignora.
Después se desacredita.
Luego se aísla.
Finalmente se invita a marcharse.
Todo ello con una sonrisa corporativa.
—Aquí nadie te está echando.
Naturalmente.
Simplemente le han quitado el trabajo, el equipo, la información, el presupuesto, las reuniones y hasta la silla.
Pero echarlo, lo que se dice echarlo, nadie lo ha echado.
El jefe paternalista: “Lo hago por tu bien”
Existe una especie especialmente refinada de acosador: el paternalista.
Es maravilloso.
Nunca reconoce que te está perjudicando.
Te está ayudando.
Si te aparta de una responsabilidad:
—Quiero que descanses.
Si no te informa:
—No quiero cargarte de problemas.
Si te excluye de una reunión:
—Era demasiado técnica.
Si contrata a otro para hacer tu trabajo:
—Necesitamos reforzar el equipo.
Y si finalmente te invita a marcharte:
—Creo que necesitas nuevos horizontes.
Así se fabrica una expulsión con perfume de coaching.
El acosador jamás dice:
—Quiero que desaparezcas.
Dice:
—Quizá sea una buena oportunidad para que explores otros caminos.
Y uno acaba explorando el camino hacia el juzgado.
El pecado capital de las organizaciones: la envidia
Quevedo habría disfrutado enormemente de nuestras modernas empresas.
Porque si hay algo que no ha cambiado desde el Siglo de Oro es la envidia.
Antes se decía:
—Mira qué rico es.
Hoy:
—Mira qué enchufado está.
Y si además el individuo es competente:
—Algo habrá hecho.
La excelencia despierta admiración cuando está lejos.
Cuando entra por la puerta de al lado, despierta sospechas.
Y cuando amenaza el sillón de alguien, se convierte directamente en una emergencia nacional.
Entonces comienza la campaña:
“Es conflictivo.”
“Quiere protagonismo.”
“No sabe trabajar en equipo.”
“Siempre cuestiona todo.”
“Es demasiado independiente.”
Esta última acusación es especialmente grave.
En determinadas organizaciones, ser independiente equivale a padecer una enfermedad profesional.
La política: ese lugar donde discrepar puede ser considerado una epidemia
Si trasladamos el fenómeno a la política, el mecanismo resulta todavía más divertido.
En un partido político puedes pensar.
Puedes hablar.
Puedes debatir.
Puedes aportar ideas.
Todo ello es perfectamente compatible con la democracia.
Hasta que discrepas con el que manda.
Entonces comienza la metamorfosis.
El compañero se convierte en crítico.
El crítico, en díscolo.
El díscolo, en desleal.
El desleal, en traidor.
Y el traidor termina descubriendo que sus llamadas ya no son contestadas.
La política tiene una curiosa manera de gestionar la discrepancia:
primero te invitan a participar y después te explican que participar significa estar de acuerdo.
El negocio familiar y el partido político: dos universos con demasiadas semejanzas
Ambos tienen jerarquías.
Ambos tienen líderes.
Ambos tienen fieles.
Ambos tienen críticos.
Ambos tienen secretos.
Ambos tienen reuniones donde todo el mundo parece estar de acuerdo.
Y ambos tienen una palabra mágica:
lealtad.
La lealtad, correctamente entendida, es una virtud.
Mal utilizada, se convierte en obediencia.
Y cuando la obediencia se convierte en condición para conservar el puesto, la organización deja de funcionar como una empresa, una familia o un partido y empieza a parecerse peligrosamente a una corte medieval.
Con su rey.
Sus cortesanos.
Sus bufones.
Sus conspiradores.
Y, naturalmente, algún que otro heredero esperando que fallezca el monarca.
El error de despreciar al que puede ser imprescindible
Hay una ley universal que los grandes despreciadores suelen desconocer:
nunca sabes cuánto necesitabas a alguien hasta que consigues que se marche.
El trabajador humillado se va.
El hijo despreciado se distancia.
El socio ninguneado vende.
El militante expulsado crea otra corriente.
El profesional ignorado se marcha a la competencia.
Y entonces aparece el prodigio:
—¡Pero si era uno de los nuestros!
No.
Era uno de los vuestros mientras vosotros lo tratabais como uno de los vuestros.
Cuando alguien pasa años siendo despreciado, llega un momento en que aprende una sencilla lección:
no necesita pertenecer a un lugar que necesita humillarlo para conservar su poder.

El derecho a marcharse
A veces la solución no es ganar.
Es irse.
Hay batallas que no merecen ser libradas.
Hay familias de las que conviene tomar distancia.
Hay empresas que uno debe abandonar.
Hay partidos políticos de los que es saludable salir.
Y existen consejos de administración donde la mejor intervención consiste en recoger los papeles, levantarse y cerrar la puerta.
No todo divorcio es un fracaso.
No toda dimisión es una derrota.
No toda venta de acciones es una capitulación.
A veces abandonar un lugar donde te desprecian es simplemente una inversión en dignidad.
Y esa inversión, a diferencia de algunas acciones familiares, no necesita auditoría.
El curioso arte de no apreciar
La frase “cero desprecios” debería estar escrita en mármol en la entrada de toda empresa, familia y partido político.
Porque el desprecio tiene un efecto curioso:
el despreciado puede sobrevivir al desprecio; el despreciador no siempre sobrevive a las consecuencias.
El talento que se expulsa puede convertirse en competencia.
El hijo ignorado puede construir su propio negocio.
El socio arrinconado puede ejercer sus derechos.
El empleado humillado puede terminar siendo imprescindible en otro lugar.
Y el militante silenciado puede descubrir que fuera del partido existe algo extraordinariamente peligroso:
libertad.
Manual quevediano para sobrevivir al tirano
Si usted sospecha que está siendo víctima de una familia, empresa o partido gobernado por un pequeño César, conserve estas cinco cosas:
La memoria.
Porque el tiempo borra muchas cosas y los tiranos tienen una prodigiosa capacidad para negar haberlas hecho.
Los documentos.
Porque la memoria es sentimental y el papel, aunque menos romántico, suele tener mejor memoria.
Los amigos.
Porque nadie debería atravesar solo un incendio provocado por otros.
La dignidad.
Porque perder un puesto puede doler; perderse a uno mismo sale mucho más caro.
Y una puerta de salida.
Porque nunca es bueno depender de quien disfruta viendo cómo uno necesita su permiso para respirar.
Epílogo: el desprecio sale caro
Las empresas hablan de excelencia.
Las familias hablan de unión.
Los partidos hablan de democracia.
Pero ninguna de las tres cosas puede existir si se construyen sobre el desprecio.
Una empresa que expulsa al talento termina pagando la factura.
Una familia que convierte la herencia en una guerra acaba heredando enemigos.
Y un partido que confunde disciplina con obediencia termina gobernado por quienes nunca contradicen al jefe.
La excelencia no consiste únicamente en fabricar un buen producto, obtener beneficios o ganar elecciones.
Existe otra excelencia mucho más difícil:
saber tratar decentemente a quien no necesita inclinarse ante nosotros.
Porque mandar sobre quien obedece es fácil.
Lo difícil es conservar al lado a quien puede marcharse.
Y ahí reside la verdadera prueba del poder.
Como probablemente habría escrito Quevedo si hubiera vivido en nuestra época:
“Quien desprecia al talento porque teme su sombra acaba gobernando sobre enanos, y después se pregunta por qué nadie le llega a la altura.”
Y es que, al final, entre la familia, la empresa y la política existe una regla que debería cotizar en Bolsa:
cero desprecios.
Porque uno puede perder dinero, poder, acciones, cargos o apellidos.
Pero cuando una persona pierde la dignidad, el balance deja de ser empresarial.
Se convierte en humano.
En definitiva, a la vista de las circunstancias, el gran desprecio español parace ser: si eres bueno, preocúpate y aléjate de los que te desprecien.
Conclusión: Cuidado con las familias, empresas y partidos políticos donde el talento molesta, la obediencia cotiza y el apellido sigue siendo el mejor currículum.
Alfredo Muñiz


