¡Por Tutankamón! Ibiza se queda sin agua… pero con Nilo privado

Ibiza: el lago de los faraones, el lujo de los mortales y otras formas de gastar el sentido común

por Alfredo Muñiz

Hay fiestas y fiestas. Están las que uno celebra con una tortilla de patata, unas croquetas y un cuñado que se empeña en pinchar música con el móvil; y luego están las de Ibiza, donde para organizar una velada hace falta poco menos que resucitar a Cleopatra, contratar a Ramsés II y traer el Nilo en un camión cisterna.

La última extravagancia ibicenca ha decidido que una fiesta de lujo ya no puede limitarse a tener champán, música, modelos, fuegos artificiales y gente suficientemente rica como para no preguntar cuánto cuesta la botella. No. Eso sería vulgar. Ahora hay que construir un lago artificial para recrear el antiguo Egipto.

Porque si algo le faltaba a Ibiza era un faraón.

Uno imagina al organizador contemplando la finca:

—¿Qué tenemos?

—Una mansión, piscina, jardines, DJ internacional, champán y cien camareros.

—Insuficiente.

—¿Un espectáculo de luces?

—Vulgar.

—¿Una lluvia de diamantes?

—Pasado de moda.

—¿Y si hacemos un lago?

Silencio sepulcral.

—¿Natural?

—No.

—¿Artificial?

—Por supuesto. Estamos en Ibiza.

Y así, mientras algunos ciudadanos miran el precio del recibo de la luz con la misma expresión con la que Moisés contempló las tablas de la ley, otros construyen pequeños Nilos privados para que los invitados puedan sentirse faraones durante unas horas.

La nueva religión del lujo consiste en convertir cualquier cosa en espectáculo. Si hay agua, debe tener iluminación subacuática. Si hay arena, debe parecer un desierto de película. Si hay una piscina, debe ser suficientemente grande para que pueda navegar Cleopatra en catamarán. Y si hay una fiesta, ya no basta con invitar a los ricos: hay que proporcionarles una civilización entera.

Bienvenidos al Egipto de los multimillonarios.

El asunto tiene además una curiosa ironía. Mientras Ibiza aparece en las noticias por las macrofiestas, los incendios, los animales y las consecuencias de una presión turística que convierte cada verano la isla en una especie de parque temático mediterráneo, el mundo del lujo parece competir por demostrar quién puede hacer la extravagancia más extravagante.

Ya no se trata de tener.

Se trata de demostrar que se puede tener lo que los demás ni siquiera habían imaginado necesitar.

El pobre quiere una casa con piscina.

El rico quiere una piscina que parezca el lago Nasser.

El pobre celebra su cumpleaños con una tarta.

El rico necesita un templo egipcio, bailarines, antorchas, esculturas faraónicas y probablemente un sacerdote de Amón-Ra para que le bendiga el Dom Pérignon.

Y todo esto mientras el planeta nos mira con una mezcla de desconcierto y paciencia.

Porque hay algo profundamente humano en esta carrera hacia el lujo absurdo. Desde que el primer cavernícola consiguió dos pieles de oso en lugar de una, comenzó la competición. El segundo quiso tres. El tercero descubrió que podía presumir de tener una cueva con vistas al valle.

Cinco mil años después seguimos exactamente igual.

Antes se construían pirámides para que el faraón pudiera llevarse su ego a la otra vida.

Ahora construimos lagos artificiales para que el ego pueda disfrutar de la fiesta antes de volver a su yate.

Quevedo, si levantara la cabeza, encontraría material suficiente para varios libros. Podría pasearse por Ibiza y escribir que el hombre moderno ha conseguido algo extraordinario: convertir el lujo en una enfermedad y la ostentación en un tratamiento.

Y quizá se preguntaría qué diferencia hay entre un faraón del antiguo Egipto y un millonario del siglo XXI.

La respuesta sería sencilla:

El faraón construía pirámides.

El millonario construye un lago.

Y ambos tienen el mismo problema: ninguno parece saber qué hacer con tanto dinero cuando ya lo tiene todo.

La diferencia es que al faraón lo enterraban con sus riquezas.

Al moderno le basta con subirlas a Instagram.

Porque el verdadero lujo contemporáneo no consiste en beber champán.

Consiste en conseguir que alguien vea la fotografía y piense:

«¿Pero cuánto dinero hay que tener para hacer semejante tontería?»

Y entonces la fiesta ya ha cumplido su objetivo.

El lago era artificial.

Pero la envidia, queridos mortales, era completamente natural.

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