Cristiano Ronaldo, Georgina y el evangelio del lujo: «Sí, quiero… pero que nadie se entere»
por Alfredo Muñiz
Hay bodas y luego está la de Cristiano Ronaldo y Georgina Rodríguez: una ceremonia tan secreta que, por poco, ni los novios se enteran de dónde se casaban. Portugal fue el escenario elegido para este matrimonio de película, concretamente Cascais, después de semanas de apuestas, rumores y quinielas que mandaban a la pareja desde Sintra hasta Madeira. El secreto estuvo tan bien guardado que hasta los paparazzi debieron de sentirse despedidos por incompetentes.
El pasado 11 de agosto, después de casi diez años de amor y exactamente doce meses desde aquel anuncio de compromiso que ya parecía una serie por temporadas, Cristiano y Georgina pasaron finalmente por el altar. Y lo hicieron como corresponde a dos criaturas que han convertido el lujo en una forma de vida: discreción absoluta, círculo íntimo y misterio suficiente para que el personal se quede con la nariz pegada a Instagram intentando averiguar qué joya llevaba quién.
Porque si algo caracteriza a esta pareja es que viven entre el amor y la tentación, entre la intimidad familiar y ese escaparate digital donde hasta respirar parece tener patrocinador.
Cristiano tiene el balón de oro; Georgina, el arte de posar como si el espejo fuese una pasarela de París. Él colecciona títulos, goles, coches y relojes; ella colecciona portadas, vestidos, bolsos y fotografías capaces de hacer que una persona normal mire su cuenta corriente y entre en depresión financiera.
Y ahora llega el matrimonio.
Tres días después de la boda, cualquier mortal estaría todavía buscando las medias debajo de la cama, intentando recordar quién le regaló la cafetera y calculando cuánto costó el menú. Cristiano, no. Cristiano ha vuelto a los entrenamientos del Al-Nassr.
¡Tres días!
Eso no es luna de miel: es pretemporada matrimonial.
El hombre ha cambiado el traje de novio por las botas de fútbol y ha reaparecido sobre el césped con un nuevo color de pelo, mucho más claro, con reflejos rojizos y cobrizos. El mensaje que acompaña la fotografía es lacónico: «Back».
Que traducido al idioma de los mortales viene a significar: «Se acabó el champán, señores; toca correr».
Uno imagina al entrenador diciendo:
—Cristiano, ¿estás preparado?
—¿Para el entrenamiento?
—No. Para la vida de casado.
Y Cristiano, después de mirar el cronómetro:
—También.
Mientras tanto, Georgina ha regresado a las redes sociales con esa naturalidad con la que una marquesa del siglo XVIII entraría en un salón de Versalles: espejo, pose, elegancia y una colección de joyas capaz de iluminar una urbanización entera.
Curiosamente, la alianza matrimonial no aparece en primer plano.
Pero sí aparece el impresionante anillo de compromiso que Cristiano le regaló hace un año.
Porque una cosa es estar casada y otra muy distinta dejar que una joya pierda protagonismo.
Que nadie confunda el amor con la bisutería.
Aquí hasta Cupido lleva piedras preciosas.
La historia de esta pareja parece escrita por un notario con delirios de diseñador: diez años de relación, hijos, fama internacional, millones de seguidores, mansiones, coches, viajes, moda, fútbol y una boda secreta en Portugal que durante semanas fue objeto de toda clase de especulaciones.
Se habló de la Quinta da Regaleira. Se habló de Madeira. Se habló de medio Portugal.
Y al final estaban en Cascais.
La operación de ocultación fue tan eficaz que solo faltó que Cristiano saliera disfrazado de camarero con una bandeja de sardinas.
Quevedo, si levantara la cabeza, probablemente encontraría aquí material para varios libros. Porque la vanidad de nuestro tiempo ya no necesita espejo: necesita Instagram.
Antes el rico presumía de palacio.
Ahora presume de que nadie sabe dónde está su palacio.
Antes se enseñaba el collar.
Ahora se enseña el collar, el vestidor, el coche, el avión, el hotel, el desayuno y, si queda espacio, una pequeña reflexión sobre la humildad.
Cristiano y Georgina representan perfectamente esta nueva aristocracia de la fama: no tienen corona, pero tienen seguidores; no necesitan corte, porque tienen millones de espectadores; y donde otros llevan álbumes familiares, ellos tienen plataformas digitales.
Y, sin embargo, detrás de tanta ostentación hay algo bastante más sencillo: una familia que ha decidido casarse después de casi una década de vida compartida.
Lo demás son lentejuelas.
Aunque unas lentejuelas muy caras.
Ahora Cristiano vuelve al fútbol con el pelo cobrizo, Georgina vuelve al espejo y el mundo vuelve a mirar.
El matrimonio ha durado tres días de vacaciones.
El amor, esperemos, muchos más.
Y mientras algunos todavía estamos intentando decidir si para una boda basta con estrenar camisa, Cristiano Ronaldo ya ha estrenado matrimonio, peinado y temporada.
Hay gente que después de casarse cambia de apellido.
Cristiano cambia de look.
Georgina cambia de escenario.
Y entre ambos nos recuerdan la vieja máxima de Quevedo: la riqueza no compra la felicidad, pero ayuda muchísimo a fotografiarla.


