El tiempo no arruga: desenmascara
por Alfredo Muñiz
Dicen que los años pesan. ¡Qué exageración! Los años no pesan; pesan más las personas que uno carga a la espalda sin necesidad. Y esas, amigo mío, no tienen fecha de caducidad porque algunas vienen con vocación de herencia.
Cumplir años debería ser motivo de celebración y no de penitencia. Cada vuelta al calendario es una medalla que la vida nos cuelga en el pecho. Unos coleccionan relojes, otros coches, otros propiedades; yo prefiero coleccionar experiencias, carcajadas y la saludable costumbre de mandar al carajo —con educación, si se puede— aquello que perturba mi paz.
Las arrugas, por cierto, tienen muy mala prensa. Se las trata como si fueran delincuentes huidos de la estética. Cremas, bisturíes, filtros, retoques, luces estratégicas y hasta aplicaciones capaces de convertir a una abuela en adolescente con hipoteca pendiente. ¡Qué empeño en borrar las pruebas del delito!
Una arruga no es una derrota: es el recibo que la vida nos pasa por haber reído, llorado, amado, sufrido y sobrevivido.
Y hay arrugas que embellecen más que cualquier maquillaje porque llevan dentro historias. La frente que ha pensado, los ojos que han llorado y reído, la boca que ha dicho verdades incómodas y el rostro que ha aprendido a distinguir un amigo de un oportunista.
Porque si algo enseña el tiempo no es a contar cumpleaños, sino a contar personas.
Y entonces llega la edad de las revelaciones.
Descubres que no todo el que sonríe es amigo, que no todo el que te adula te quiere bien y que algunas personas tienen una curiosa afición por entrar en tu vida como elefantes en una cacharrería y salir después indignadas porque no les has entregado las llaves de la casa.
A cierta edad ya no quieres discusiones absurdas.
No quieres convencer a nadie de que tus gustos son buenos, tus proyectos son interesantes o tus sueños merecen respeto. ¡Qué cansancio el de vivir pidiendo permiso!
Si a alguien le gusta el fútbol, estupendo. Si otro prefiere la ópera, maravilloso. Si uno quiere viajar a Ibiza y otro perderse en una aldea donde solo hay tres habitantes, dos gallinas y un cura, perfecto.
La libertad consiste precisamente en eso: que cada cual pueda elegir su camino sin convertir el camino ajeno en una carretera que haya que cortar.
Mi lema podría resumirse en una frase bastante sencilla:
Vive como quieras, pero procura no hacer daño al prójimo.
Y, si además puedes evitar convertirte en una molestia permanente, ya rozas la santidad.
Porque hay personas tóxicas que no necesitan veneno: les basta con hablar.
Las hay que viven del conflicto, se alimentan del resentimiento y desayunan agravios. Personas que convierten cualquier conversación en un juicio, cualquier diferencia en una guerra y cualquier alegría ajena en una ofensa personal.
A esas alturas de la vida uno descubre algo maravilloso: no está obligado a soportarlas.
¡Qué liberación!
Antes uno intentaba agradar. Después intenta comprender. Y finalmente aprende algo mucho más práctico: apartarse.
No por cobardía.
Por higiene mental.
La paz interior no se compra en farmacia, aunque algunos deberían venderla con receta. Se construye poco a poco, poniendo límites, escogiendo compañías y aprendiendo que decir “no” no convierte a nadie en mala persona.
A veces el mayor acto de amor propio consiste en cerrar una puerta sin dar un discurso de despedida.
Quevedo, si levantara la cabeza, probablemente encontraría material para varias docenas de libros. Porque seguimos siendo los mismos de siempre, solo que ahora llevamos el ego en alta definición y las miserias en las redes sociales.
Antes el necio presumía en la taberna.
Ahora presume en Instagram.
La diferencia es que antes lo escuchaban cuatro y ahora lo escucha medio planeta.
Pero el tiempo pone a cada cual en su sitio. Al joven le parece que sabe mucho; al adulto le preocupa saber lo suficiente; y al que ha vivido unos cuantos inviernos le entra una sospechosa tranquilidad al descubrir que no necesita tener razón todo el tiempo.
Eso sí que es sabiduría.
Saber que hay batallas que no merecen ni el desgaste de ponerse los zapatos.
Saber que algunas personas no merecen explicaciones.
Saber que la vida es demasiado corta para vivir pendiente de quienes no soportan verte feliz.
Y saber, sobre todo, que envejecer no significa renunciar a la vida.
Al contrario.
Significa vivirla con menos miedo y más criterio.
Con menos necesidad de aparentar y más ganas de disfrutar.
Con menos paciencia para los hipócritas y más tiempo para los que realmente importan.
No tengo miedo a cumplir años.
Tengo miedo a desperdiciarlos rodeado de gente que me robe la tranquilidad.
Porque cumplir años es inevitable.
Envejecer es un privilegio.
Pero envejecer con dignidad, conservar la curiosidad, seguir riendo, amar la libertad y elegir bien a quienes nos acompañan… eso ya es una obra de arte.
Y si aparecen unas cuantas arrugas, que aparezcan.
Que sepan que no pienso pedirles disculpas.
Después de todo, cada una de ellas tiene una historia que contar y ninguna piensa marcharse por culpa de un filtro de Instagram.
Así que brindemos por los años.
Por las arrugas.
Por los errores que nos hicieron más sabios.
Por las personas que se quedaron.
Por las que se fueron —y nos hicieron un favor—.
Y, sobre todo, por esa bendita edad en la que uno finalmente comprende que la felicidad no consiste en caerle bien a todo el mundo, sino en estar en paz con uno mismo.
Lo demás, como diría Quevedo, es vanidad con peluquín.

