El sultán invisible y el funambulista de La Moncloa. El sultán mueve ficha y Moncloa pide tiempo muerto
por Alfredo Muñiz
Dicen los viejos marineros que cuando el viento sopla siempre del mismo lado conviene mirar quién sostiene el abanico. Y en Ceuta, donde el Estrecho separa dos continentes y une demasiados intereses, hay días en los que el oleaje parece obedecer menos a las mareas que a los despachos.
España contempla el espectáculo con la perplejidad del vecino que descubre que la puerta de su casa lleva días abierta mientras el portero asegura que todo está bajo control. Los ciudadanos observan cómo miles de personas cruzan la frontera y, al mismo tiempo, escuchan explicaciones que cambian de traje con más rapidez que un actor de comedia.
Las encuestas, esas criaturas caprichosas que hoy sonríen y mañana muerden, aseguran que una amplia mayoría cree que Marruecos utiliza la inmigración como instrumento de presión política. Otros lo niegan con idéntica convicción. En democracia, las percepciones forman parte del debate público, aunque no sustituyen a las pruebas ni determinan por sí mismas la realidad de los hechos.
Mientras tanto, Pedro Sánchez camina por el alambre con la elegancia de quien pretende convencer al público de que no existe el precipicio. Cada paso viene acompañado de un discurso tranquilizador; cada sacudida del cable se atribuye al viento, nunca a la cuerda.
A su lado aparece el ministro Marlaska, convertido ya en una figura casi mitológica. Si los gatos poseen siete vidas, el ministro parece haber negociado una ampliación de contrato. Ha sobrevivido a crisis migratorias, polémicas judiciales, tempestades parlamentarias y naufragios políticos con la serenidad del paraguas que nunca se moja. Donde otros ven una dimisión, él descubre una oportunidad para convocar otra rueda de prensa.
Y Marruecos contempla la función desde el palco principal, con la paciencia del ajedrecista que mueve pocas piezas porque sabe que el adversario se inquieta solo. Basta un gesto, una frontera más relajada o más vigilada, para que media Europa empiece a discutir mientras la otra media busca un culpable.
El ciudadano, entretanto, hace cuentas. Se pregunta cómo es posible que un país capaz de enviar satélites al espacio parezca incapaz de saber con suficiente antelación cuándo una frontera va a colapsar. Se anuncian investigaciones, informes, comparecencias y comisiones. España tiene una extraordinaria habilidad para fabricar montañas de papel donde antes había únicamente un problema.
Cada crisis trae consigo una lluvia de declaraciones solemnes. Todos prometen medidas contundentes. Todos aseguran haber aprendido la lección. Y, sin embargo, las lecciones en política tienen la curiosa costumbre de repetirse hasta que el alumno cambia… o hasta que cambian al profesor.
La oposición exige responsabilidades. El Gobierno responde denunciando alarmismos. Europa emite comunicados de preocupación cuidadosamente redactados para no incomodar demasiado a nadie. Y el contribuyente, que financia el escenario completo, compra las palomitas con resignación.
Quizá el verdadero misterio no sea si existe presión diplomática, ni si la política migratoria puede utilizarse como instrumento de influencia entre Estados —algo que numerosos analistas consideran una posibilidad real en distintos contextos internacionales—. El auténtico prodigio consiste en comprobar que, pase lo que pase, siempre parece sobrevivir el mismo elenco protagonista.
Porque en este teatro nacional los decorados cambian, los actores secundarios entran y salen, los titulares envejecen en cuestión de horas… pero el funambulista continúa caminando sobre el alambre y el ministro parece haber descubierto el secreto de la inmortalidad administrativa.
Y así seguirá la representación hasta que el público decida abandonar el teatro… o exigir que, de una vez por todas, además de discursos, aparezcan responsabilidades y soluciones que no dependan del próximo golpe de viento en el Estrecho.


