El vampiro de la familia y el mosquito del Estado: manual del perfecto gorrón, cómo vivir del prójimo sin despeinarse
Por Alfredo Muñiz
Dicen los sabios que el reino animal se divide en mamíferos, reptiles, peces y aves. Error de los naturalistas. Les faltó clasificar a la especie más abundante y mejor adaptada al siglo XXI: el chupoctero profesional, criatura insaciable que vive del esfuerzo ajeno con el mismo entusiasmo con que un mosquito descubre una pierna al atardecer.
Esta singular especie se reconoce por una virtud extraordinaria: jamás paga la cuenta, aunque siempre llegue el primero al banquete. Si la comida es gratis, repite. Si las vacaciones las sufraga otro, lleva hasta a los primos. Si existe una vivienda compartida, pronto descubrirá que la palabra “compartida” significa “mía”, mientras los impuestos, los arreglos y las averías pertenecen, por misterioso milagro jurídico, al resto de la familia.
Posee además un talento teatral digno de los mejores corrales de comedias. Si alguien osa pedir cuentas, exigir orden o recordar que la propiedad tiene varios dueños, el chupoctero ejecuta su número favorito: la víctima universal. Llora con un ojo mientras con el otro calcula cuánto más puede sacar del bolsillo ajeno.
Es un artista de la exageración. Si una bombilla se funde, habla de ruina económica. Si un fontanero cobra cincuenta euros por cambiar un filtro, parece que la Hacienda Real hubiera decretado un impuesto sobre el aire. Pero jamás propone pagarlo él. Eso sería ir contra su naturaleza.
Su lengua merece capítulo aparte. Cuando calla delante de uno, habla detrás de diez. Donde hubo un despiste, él descubre una conspiración; donde hubo un desacuerdo, levanta una guerra civil; donde hubo un “no”, inventa una tragedia griega con lágrimas, suspiros y reparto completo de culpables.
Y esta fauna no habita solamente en las sobremesas familiares. También anida en despachos, moquetas y tribunas, donde algunos políticos convierten la culpa en una pelota que siempre rueda cuesta abajo. Si el viento sopla en contra, culpa al viento; si el barco hace agua, culpa al carpintero; y si el espejo refleja sus arrugas, declara culpable al cristal.
Hay gobernantes que parecen haber estudiado en la Universidad del “Yo Nunca Fui”. Si algo sale bien, es mérito suyo. Si sale mal, la responsabilidad pertenece a jueces, adversarios, periodistas, meteorólogos o al vecino del quinto. Ellos jamás pisan el barro; únicamente dejan las huellas.
El chupoctero, sea doméstico o institucional, comparte un mandamiento sagrado: lo mío es mío, y lo tuyo también puede negociarse. Su apetito no conoce jubilación ni dieta. Pide un favor y reclama dos; recibe una ayuda y exige cuatro; disfruta de un privilegio y protesta porque no venía envuelto con lazo.
Por eso conviene contemplarlos como quien observa a los buitres desde lejos: con curiosidad científica y la cartera bien cerrada.
Y cuando llegue el gran juicio final, imagino a San Pedro hojeando el libro de cuentas, ajustándose las gafas y preguntando:
—¿Trae usted méritos?
—No, pero traigo una lista de personas que me deben favores.
Entonces San Pedro, que de ingenuo tiene poco, cerrará el portón con la misma delicadeza con la que se cierra la caja fuerte un viernes por la tarde.
Y cuentan las malas lenguas que, al verlo bajar por el otro camino, hasta el mismísimo Satanás consultará con sus asesores antes de abrir la puerta, no vaya a ser que el recién llegado pretenda quedarse con el trono, alquilar el infierno por habitaciones y pasarle la factura del azufre al demonio de mantenimiento.
Porque hay almas tan aficionadas a vivir del prójimo que, si existiera un impuesto sobre la desvergüenza, pedirían que también lo pagara el vecino.


