Los únicos franceses que no le hacen faltas a Llorente son sus vinos

Los vinos de Marcos Llorente: cuando el fuera de juego se celebra con un Romanée-Conti

por Alfredo Muñiz

Hubo un tiempo en el que el futbolista de éxito medía su prosperidad por el tamaño del reloj que asomaba bajo el puño de la camisa. Cuanto más grande el diamante, más pequeño parecía el buen gusto. Pero los tiempos cambian. Hoy algunos prefieren que el lujo se beba en una copa de cristal fino antes que presumir de él en la muñeca.

Marcos Llorente pertenece a esa nueva generación. Ha confesado que, si de invertir se trata, prefiere una gran botella de vino a un reloj de alta gama. Y no hablamos de cualquier botella. No. Su bodega imaginaria parece escrita por un monje borgoñón con delirios de grandeza y un contable con mucha paciencia.

Su debilidad tiene nombre francés y acento de leyenda: Romanée-Conti. Un vino tan exclusivo que algunas botellas cuestan más que un coche de lujo. Se dice pronto. Hay quien compra un apartamento en la playa; otros descorchan una añada histórica para acompañar un buen asado. Cuestión de prioridades.

Lo curioso es que el vino no entiende de goles. Da igual marcar en el minuto noventa o quedarse en el banquillo: una copa de Romanée-Conti exige el mismo respeto. No admite selfies con filtro ni cubitos de hielo. Es el tipo de vino que obliga incluso al más hablador a guardar un minuto de silencio.

Pero el viaje enológico de Llorente no termina en Borgoña. También aparece el mítico Château Rayas, joya del Valle del Ródano. Un vino con fama de imprevisible, elegante y profundamente complejo. Como esos partidos que parecen perdidos hasta que alguien encuentra un hueco donde nadie lo veía.

Y, cuando toca celebrar un título, la fiesta se descorcha con Champagne Salon. No es un espumoso cualquiera; es uno de esos champagnes que solo nacen cuando la naturaleza decide que el año ha sido perfecto. En otras palabras: más difícil de conseguir que un penalti a favor en el minuto noventa y cinco.

Para los amantes del blanco llega Meursault Coche-Dury, un Chardonnay que muchos consideran una obra de arte líquida. Tan refinado que uno tiene la impresión de que debería servirse con guantes blancos y un violín sonando de fondo.

Y, por si el desfile de mitos aún no fuera suficiente, aparece el nombre casi sagrado de Henri Jayer, auténtico santo patrono de los coleccionistas de Borgoña. Sus botellas alcanzan cifras que obligan a respirar hondo antes de mirar la etiqueta. Hay quien compra oro para proteger su patrimonio; otros compran un Jayer y rezan para no derramar ni una gota.

Resulta llamativo que, en una época dominada por la inmediatez, un futbolista acostumbrado a correr cien metros en pocos segundos encuentre placer en algo que necesita décadas para alcanzar la perfección. El vino enseña exactamente lo contrario que el fútbol moderno: la paciencia también gana partidos.

Quizá por eso estos vinos representan algo más que lujo. Hablan de historia, de viñas centenarias, de cosechas irrepetibles y de artesanos que entienden que la prisa jamás ha producido una obra maestra.

Eso sí, conviene recordar que estas botellas juegan en la Champions League del vino. Sus precios no están pensados para llenar la cesta del supermercado, sino para protagonizar las subastas más exclusivas del mundo. Son vinos que uno mira con la misma mezcla de admiración y vértigo con la que contempla un Ferrari aparcado en doble fila.

Al final, la moraleja es sencilla. Algunos coleccionan relojes para detener el tiempo; Marcos Llorente parece preferir coleccionar vinos que demuestran, precisamente, que el tiempo es el mejor enólogo. Porque un buen reloj marca las horas… pero un gran vino consigue que uno se olvide de ellas.

La saga del Tempranillo, la última novela de Alfredo Muñiz, disponible en Amazon. Un viaje desde los viñedos de Ribera del Duero hasta las grandes añadas francesas.

BRINDIS

El vino nace, envejece, muere y renace: los secretos de El Legado del Tempranillo

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