MONASTERIO DE OSEIRA, el camino del pulpo y de la memoria

MONASTERIO DE OSEIRA

La primera vez que yo vi el mar fue en Galicia. Esta afirmación que puede parecer una tontería mayúscula tenía su importancia para los habitantes del interior, bueno los que nacimos en el centro de la península que, en aquellos tiempos de Maricastaña, tardaban una eternidad en tener unas vacaciones que no fueran “al pueblo”.
Desde entonces he ido a Galicia un sinfín de veces, ya he perdido la cuenta, pero en una de ellas, de la que no puedo precisar recorrido completo ni fecha, pero andaría yo en el colegio o, como mucho, en el instituto, visité el Monasterio de Oseira, en Orense, e hice una foto, en blanco y negro, de una sala de columnas retorcidas y cúpulas estrelladas. Me quedé encantada con aquel lugar, pero más aún cuando en un concurso fotográfico del colegio me la premiaron y desde entonces, con su debido marco, colgaba de la pared en casa de mis padres.
Ahora en un viaje cultural realizado con la Unión  Iberoamericana de Profesionales de Turismo, he vuelto a recalar en el monasterio de Santa María de Oseira, sin poder evitar la emoción. Volver a encontrarme con mi columna retorcida, una de las cuatro de las que ahora sé dividen la sala capitular, conocida popularmente como Sala de las Palmeras, por aquellas cúpulas estrelladas que tanto me impresionaron y me ha hecho revivir aquellos momentos,  lugares, rincones y dar un paseo por el rico patrimonio que se esconde en la memoria hasta que algo, un hecho fortuito, un itinerario que ni siquiera yo había propuesto, lo vuelve a sacar a la luz, rescatando momentos mágicos de la vida.

El Monasterio de Santa María la Real de Oseira​ fue fundado en 1137 y se integró en la orden del Cister poco después. En las últimas décadas del siglo XII y principios del XIII se construyó un gran templo monástico para albergar una gran cantidad de monjes, llegando a tener ciento cincuenta.

En su época de mayor esplendor sus terrenos abarcaban hasta la localidad costera de Marín y por sus dominios circulaba la gran riqueza de la época: el pulpo y el vino, de Ribeiro naturalmente, convirtiéndolo en uno de los monasterios más ricos de Galicia.

Fue a finales del siglo XV o a principios del siglo XVI cuando se construyó la sala capitular con sus cuatro columnas de molduras retorcidas que dan su seña de identidad. 

Tras la desamortización de Mendizabal sufrió un siglo de abandono llegando a estar sus dependencias al borde de la ruina hasta que en la década de los años 20 del siglo pasado el obispo de Orense tomó la decisión de restaurar el monasterio y recuperar la vida monástica para que aquella niña hiciera una foto de premio. Susana Ávila.

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