Os invito a leer este fragmento de la novela LA SAGA DEL TEMPRANILLO, escrita por Alfredo Muñiz y disponible en Amazon.
La marquesa de la Vid y el Pimiento se levantó entre aplausos.
Sostuvo la copa con elegancia.
Esperó al silencio.
—Como sabréis —comenzó—, en la Ribera del Duero reina la Tempranillo.
Una leve sonrisa.
—Nuestra uva. Nuestra identidad.
Los alumnos la escuchaban atentos.
Patrick, también.
Pero no como los demás.
—El Consejo Regulador permite otras variedades —continuó—: Cabernet Sauvignon, Merlot, Malbec, Garnacha, pero ninguna tiene el alma de la Tempranillo.
Una pausa.
—Porque el vino, señores, no es solo técnica.
Alzó la copa.
—Es memoria.
Remedios la observaba con orgullo.
Siempre había sido así.
Segura.
Magnética.
—Detrás de cada uva hay una historia —prosiguió la marquesa—. Pinot Noir, una piña negra. Merlot como el mirlo.
Miró al auditorio.
—¿Veis? Hasta los nombres nos hablan.
Se desplazó lentamente.
Dueña del espacio.
—Durante siglos creímos que la Chardonnay venía de Jerusalén, su nombre significa “puerta de Dios”.
Sonrió.
—Pero la ciencia la ha devuelto a Borgoña.
Una pausa.
—A veces, incluso el vino necesita descubrir quién es realmente.
Patrick inclinó ligeramente la cabeza.
Interesado.
O quizá, algo más.
—Lo mismo ocurrió con la Shiraz —añadió—. de Persia a Francia; mitos que se corrigen con el tiempo.
Miró fijamente al grupo.
—Como las personas.
El comentario quedó flotando.
Remedios lo sintió.
No era casual.
—En España cultivamos más de ciento cuarenta uvas autóctonas —continuó—. Más de seiscientas variedades.
Alzó una ceja.
—Y aun así, apenas leemos las etiquetas.
Algunas risas.
—La Garnacha, dulce, seductora.
La Tinta de Toro, poderosa, ideal para la caza.
La Albariño, fresca, atlántica, imprevisible.
Una pausa.
—Cada una tiene su carácter.
Como si hablara de alguien.
No de algo.
—Y luego están los vinos que nacen del tiempo —añadió—. Como los de Jerez.
Su voz se volvió más lenta.
—Fino. Manzanilla. Amontillado.
Cerró los ojos un instante.
—El arte de esperar.
Patrick no apartaba la mirada.
Ahora era evidente.
—Pero no olvidemos algo —dijo la marquesa, recuperando firmeza—.
Golpeó suavemente la mesa con la copa.
—El vino también es negocio.
Silencio.
—Marcas. Territorios. Estrategia.
Miró fugazmente hacia la mesa donde se encontraba la dirección.
—Y decisiones que no siempre son fáciles.
Remedios sintió un leve sobresalto.
Su madre no solía decir eso en público.
—Mi sueño —continuó— es llevar nuestras raíces más allá.
Una sonrisa calculada.
—Quizá Galicia. Quizá otros mercados.
Otra pausa.
—El vino siempre encuentra su camino.
Patrick bajó la mirada un segundo.
Como si esa frase tuviera otro significado.
—Os invito a investigar —concluyó—. A probar. A equivocaros.
Alzó la copa por última vez.
—Porque cada uva es una historia esperando ser contada.
El aplauso fue inmediato.
Cálido.
Sincero.
Remedios se levantó.
—¡Bravo!
Su voz destacó sobre el resto.
Patrick sonrió al verla.
Pero no era una sonrisa cualquiera.
Era la sonrisa de alguien que acababa de confirmar algo.
El salón comenzaba a vaciarse.
Las copas tintineaban.
Las voces se diluían entre risas y despedidas.
Remedios seguía de pie, aún emocionada.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó, girándose hacia Patrick.
Él tardó un segundo en responder.
La miraba.
Pero no como antes.
—Brillante —dijo al fin—. Tu madre no solo entiende de vino, entiende de poder.
Remedios sonrió, orgullosa.
—Siempre ha sido así.
Patrick asintió lentamente.
—Sí, se nota.
Se acercó un poco más.
Bajó la voz.
—Sobre todo cuando ha hablado de estrategia.
La sonrisa de Remedios se desdibujó apenas.
—Bueno, al final una bodega también es un negocio.
Patrick la sostuvo con la mirada.
—No todas hablan de ello en público.
Silencio.
Breve.
Incómodo.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella.
Patrick negó con suavidad.
—A nada importante.
Pero no sonó convincente.
—Patrick…
Él suspiró levemente.
Como si estuviera decidiendo cuánto decir.
—En Francia —empezó—, cuando alguien habla así…
Una pausa.
—…es porque está defendiendo algo.
Remedios frunció el ceño.
—¿Defendiendo?
—O protegiéndose.
El ruido del salón desapareció por un instante.
O eso le pareció a ella.
—Mi madre no tiene nada que ocultar —dijo, quizá demasiado rápido.
Patrick no respondió de inmediato.
Observó la copa que tenía en la mano.
La giró suavemente.
—No he dicho eso.
Alzó la vista.
—Solo digo que, no todo en el mundo del vino es lo que parece.
Remedios sintió un leve escalofrío.
La misma frase.
Casi las mismas palabras.
Que había escuchado antes.
—¿Conoces algo que yo no sé? —preguntó.
Directa.
Sin rodeos.
Patrick sonrió.
Pero esta vez, sin calidez.
—Todos sabemos algo que otros no saben.
Se inclinó un poco hacia ella.
—La diferencia es cuándo decidimos contarlo.
Remedios lo miró fijamente.
Ya no era solo el profesor.
Ya no era solo el hombre de la misteriosa cata.
—¿Y tú cuándo piensas hacerlo? —susurró.
Patrick sostuvo su mirada.
Un segundo.
Dos.
—Quizá en Francia.
El golpe fue suave.
Pero certero.
Alguien llamó a Remedios desde el fondo del salón.
Ella no se giró.
No podía.
—¿Debería preocuparme? —preguntó.
Patrick dio un paso atrás.
Recuperando distancia.
—Deberías estar atenta.
Otra pausa.
—Y confiar en tu instinto.
Se dio la vuelta.
Como si nada.
Como si aquella conversación no hubiera ocurrido.
Remedios se quedó inmóvil.
Con una sensación nueva.
Incómoda.
Por primera vez…
no sabía si estaba enamorándose.
O metiéndose en un problema.
LA SAGA DEL TEMPRANILLO, escrita por Alfredo Muñiz y disponible en Amazon


