Primeras damas y políticos con vocación de catequistas: ¡la democracia vuelve a clase!

Primeras damas, segundos discursos y políticos de catecismo: cuando el poder se pone a dar clase

Por Alfredo Muñiz
Hay políticos que, en llegando al poder, descubren una verdad que ya sospechábamos: que mandar no les parece suficiente. Necesitan además explicar cómo debemos pensar, cómo debemos vivir y, si se descuidan, hasta cómo debemos desayunar.

Porque una cosa es gobernar y otra muy distinta es convertirse en maestro de ceremonias de la conciencia nacional.

El político adoctrinador es criatura curiosa. Se presenta ante el pueblo prometiendo libertad y termina repartiendo instrucciones para utilizarla. Habla de pluralidad con la misma solemnidad con la que un sacristán reparte estampitas: una para cada ciudadano y todas con la misma cara.

Y luego están las primeras damas, figura de palacio que, dependiendo del país y del marido, puede pasar de elegante acompañante a ministra sin cartera, gurú con micrófono o directora general de las buenas costumbres.

La historia nos enseña que cuando el poder entra en una casa, rara vez se conforma con sentarse en el salón. Quiere entrar en la cocina, revisar la biblioteca, mirar debajo de la cama y, si puede, cambiar los cuadros.

Quevedo, si levantara hoy la cabeza, probablemente volvería a acostarla al instante.

—¿Qué es esto?

—La política moderna, don Francisco.

—¿Y dónde está la sátira?

—En todas partes.

—Entonces no me habéis dejado trabajo.

Porque el adoctrinamiento moderno ya no necesita sotana, uniforme ni púlpito. Le basta un atril, una cámara de televisión y un ejército de asesores capaces de convertir cualquier discurso en una homilía de campaña.

El político de esta escuela comienza diciendo: «Yo no quiero imponer nada».

Y ahí es cuando conviene esconder la vajilla.

Después viene el segundo mandamiento: «La sociedad debe aprender…»

¡Ay, amigo lector! Cuando un gobernante utiliza la palabra debe, la libertad suele empezar a buscar las llaves para marcharse por la puerta de atrás.

Se adoctrina con leyes, con discursos, con subvenciones, con ceremonias y hasta con fotografías cuidadosamente iluminadas. Se adoctrina desde la izquierda, desde la derecha y desde ese misterioso centro donde todos aseguran estar mientras empujan al vecino hacia la cuneta ideológica.

Y las primeras damas no se quedan atrás.

Algunas se limitan noblemente a acompañar. Otras descubren que tienen una misión histórica: enseñarnos a ser mejores ciudadanos, mejores padres, mejores esposos, mejores consumidores y, llegado el caso, mejores seres humanos.

¡Qué descanso sería que los gobernantes se limitaran a gobernar y las primeras damas a escoger vestido!

Pero no. El poder tiene una enfermedad antigua: la tentación de educar al prójimo.

Y así, mientras el ciudadano espera que le arreglen la sanidad, la vivienda, la seguridad o el bolsillo, aparece algún iluminado dispuesto a explicarle que el verdadero problema es que todavía no ha aprendido a pensar correctamente.

Es la nueva pedagogía del poder:

«No quiero que pienses como yo. Solo quiero que, después de una pequeña formación obligatoria, llegues exactamente a las mismas conclusiones.»

¡Qué democracia tan misericordiosa!

El adoctrinador no soporta la discrepancia porque confunde la discrepancia con la ignorancia. Para él, quien piensa diferente no es adversario: es alumno suspendido.

Y entonces aparece el examen.

Primera pregunta: «¿Está usted de acuerdo con nosotros?»

Si responde sí: sobresaliente.

Si responde no: deberá repetir curso.

Si pregunta por qué: peligroso.

Si pregunta demasiado: fascista, comunista, reaccionario, populista, extremista o cualquier otra palabra que permita ahorrar el esfuerzo de contestar.

Porque el político adoctrinador tiene una enorme ventaja sobre el político mediocre: no necesita argumentos cuando dispone de etiquetas.

Quevedo habría disfrutado como un niño con una caja de cerillas.

Habría descrito al doctrinario como aquel personaje que predica tolerancia con una intolerancia de campeonato; que defiende la libertad con un reglamento debajo del brazo y que habla de pensamiento crítico mientras vigila que nadie piense demasiado.

Y las primeras damas, mientras tanto, aparecen en el escenario internacional como las modernas sacerdotisas de la imagen presidencial. Sonrisa impecable, vestido estudiado, gesto diplomático y discurso preparado hasta la última coma.

Porque en política ya no basta con tener ideas: hay que tener puesta en escena.

El presidente gobierna.

La primera dama acompaña.

El asesor redacta.

El fotógrafo dispara.

El ciudadano paga.

Y el periodista pregunta.

Aunque últimamente parece que la última parte del ritual molesta bastante.

Porque hay una regla de oro en cualquier régimen que empieza a enamorarse demasiado de sí mismo: el poder adora los micrófonos siempre que el micrófono no haga preguntas.

Así que cuidado con los políticos que quieren educarnos demasiado.

Primero nos explican qué debemos pensar.

Después, qué debemos decir.

Más tarde, qué debemos sentir.

Y finalmente, si nadie protesta, acabarán explicándonos qué debemos soñar.

Y cuando llegue ese día, querido lector, no habrá falta de libertad.

Será peor.

Habrá libertad con manual de instrucciones.

Quevedo, desde su siglo, probablemente sonreiría ante semejante espectáculo.

Y escribiría en la esquina del papel:

«Mucho cuidado con quien promete hacerte libre: puede estar buscando la llave de tu cabeza.»

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