La niñofobia: bodas sin niños y familias con ticket de entrada
por Alfredo Muñiz
Hubo un tiempo en que una boda era una boda y no una operación logística de la OTAN. Se casaban dos, pero se invitaba a todos: padres, hermanos, primos, tíos, sobrinos, vecinos, amigos de la infancia y hasta aquel pariente que nadie sabía exactamente de qué rama del árbol genealógico había salido, pero que aparecía puntualmente a la hora del banquete.
Y, por supuesto, venían los niños.
Los niños corrían entre las mesas, lloraban en la iglesia, derramaban el refresco sobre el mantel, preguntaban cuándo se comía y, llegado el momento de la tarta, aparecían con una precisión militar junto a los novios. Era el caos, sí. Pero era un caos familiar.
Ahora hemos progresado.
Tanto, que hemos inventado las bodas sin niños.
Según los datos citados por Bodas.net, el 14% de los enlaces en España ya excluyen a los menores. Una de cada siete bodas, pues, se celebra bajo el principio revolucionario de que los niños son bienvenidos… siempre que no estén presentes.
La invitación moderna puede llegar con una elegante caligrafía y una frase que parece escrita por un comité de recursos humanos:
“Nos encantará compartir este día contigo. Celebración solo para adultos.”
Traducción quevedesca: “Te queremos mucho, pero a tu criatura la queremos bastante menos. Déjala con la abuela.”
Y aquí comienza la tragedia.
Porque la abuela, que en las bodas de nuestros tiempos era capaz de cuidar a cinco nietos mientras vigilaba la paella, atendía al marido, daba conversación a tres vecinas y todavía preguntaba si alguien quería café, ahora se ha convertido en el servicio de guardería oficial de una generación que quiere casarse sin que nadie le estropee la fotografía.
El asunto tiene su ironía.
Nuestros abuelos se casaban con una mentalidad de familia numerosa y mesa larga. La boda era un acontecimiento colectivo. Se invitaba a la parentela porque la parentela era precisamente aquello que uno tenía: una red de afectos, obligaciones, discusiones, reconciliaciones y cuñados que hablaban demasiado alto.
Hoy, en cambio, hemos convertido muchas bodas en una especie de producto premium de experiencias emocionales.
No basta con casarse. Hay que diseñar la boda.
Que si finca exclusiva, que si menú degustación, que si photocall, que si música personalizada, que si iluminación cinematográfica, que si fotógrafo documental, que si mesa de quesos, que si barra de cócteles, que si rincón de puros y, sobre todo, que nadie ose introducir un niño de cinco años con la desagradable costumbre de comportarse como un niño de cinco años.
El niño moderno tiene, por tanto, un problema: no sabe que ha sido invitado a una boda, pero sí sabe que ha sido excluido de ella.
Y algunos padres lo consideran una afrenta.
“Me parece hitleriano que excluyan a mi hijo”, decía una madre indignada. Comparación quizá algo desproporcionada, porque entre una boda sin niños y una dictadura hay alguna diferencia; aunque, bien mirado, también hay regímenes matrimoniales donde el novio manda, la novia manda, la suegra supervisa y el padrino fiscaliza. Más hitleriano es excluir a un familiar cercano por rencor, envidia o porqué destapó trapos sucios del pasado que habían quedado sin resolver…
La verdadera cuestión no es si una pareja tiene derecho a celebrar su boda sin menores o sin ciertos parientes. Naturalmente que lo tiene. Cada cual paga el convite, elige el menú y decide si quiere niños, adultos o una delegación de astronautas.
El problema aparece cuando la boda deja de ser una celebración familiar para convertirse en una producción comercial en la que los vínculos ocupan menos espacio que el presupuesto.
Porque quizá estamos confundiendo tranquilidad con felicidad. Y se utilice la familiaridad con el prójimo según convenga.
Queremos hoteles sin niños porque molestan. Restaurantes sin niños porque hacen ruido. Cruceros sin niños porque corren. Aviones sin niños porque lloran. Piscinas sin niños porque salpican.
Y ahora bodas sin niños porque… son niños.
Dentro de poco tendremos que poner un cartel en las reuniones familiares:
“Se ruega asistir únicamente a mayores de 18 años y menores de 65 que no hagan preguntas incómodas.”
El asunto revela algo más profundo: nuestra sociedad está desarrollando una curiosa alergia al inconveniente.
Queremos vacaciones sin molestias, restaurantes sin ruidos, bodas sin carreras, familias sin discusiones y redes sociales sin opiniones contrarias.
En definitiva, queremos una vida perfectamente esterilizada.
Pero la familia nunca fue eso.
La familia de nuestros abuelos era una especie de república bananera afectiva: había gritos, reconciliaciones, niños llorando, adolescentes aburridos, tíos que bebían demasiado, abuelas que daban consejos no solicitados y primos que desaparecían misteriosamente cuando llegaba la hora de recoger las mesas.
Y, sin embargo, aquello era familia.
Quizá nuestros antepasados tenían menos dinero para bodas, menos filtros para Instagram y menos drones para grabar el beso de los novios, pero tenían una cosa que hoy cotiza a precio de oro: tiempo para estar juntos.
Ahora calculamos hasta el coste de la silla que ocupará cada invitado.
Y ahí está el verdadero problema.
No parece que nos molesten tanto los niños como lo que cuestan.
Porque el niño trae consigo a sus padres, necesita menú, silla, espacio, animación, quizá una habitación, quizá una persona que lo cuide. Y la boda contemporánea, que empezó como sacramento o celebración de amor, termina pareciéndose a una junta de accionistas donde cada cubierto tiene un EBITDA.
El abuelo de antaño invitaba a la familia porque era familia.
El novio moderno pregunta:
—¿Cuánto cuesta el menú infantil?
Y quizá ahí hayamos perdido algo.
No se trata de obligar a nadie a soportar niños durante ocho horas. Tampoco de negar a los novios su derecho a organizar el día como quieran. Se trata de preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo cuando empezamos a excluir precisamente a quienes representan la continuidad de la familia.
Porque una boda sin niños puede ser perfectamente legítima.
Lo preocupante sería que acabáramos teniendo familias sin bodas, bodas sin niños, restaurantes sin familias, hoteles sin criaturas y generaciones que apenas se conocen porque cada una ocupa su propio compartimento estanco.
Al final, los abuelos quizá no tenían bodas perfectas.
Tenían bodas llenas.
Llenas de niños, de primos, de suegros, de abrazos, de discusiones, de risas y de aquel cuñado que se ponía a cantar después del tercer vino.
Eran menos elegantes.
Mucho menos fotogénicas.
Pero tenían una ventaja formidable:
nadie necesitaba poner en la invitación que aquello era una celebración familiar.
Se daba por supuesto.
Hoy, en cambio, hemos conseguido el milagro de organizar una boda en la que el amor ocupa el altar, el negocio ocupa el banquete y los niños… se quedan en casa.
Y Quevedo, si levantara la pluma, seguramente escribiría:
“Mucho hemos ganado en comodidades, si por comodidad entendemos conseguir que nadie nos moleste; lástima que, en el empeño de no ser molestados, terminemos molestando a la propia familia.”


