A Dios rogando… y al sobrino despellejando

El cotilleo, deporte olímpico de la hipocresía

por Alfredo Muñiz

Hay deportes que exigen músculo; otros, resistencia; y luego está el cotilleo, disciplina en la que España competiría por el oro sin necesidad de dopaje. No requiere zapatillas, ni gimnasio, ni entrenador personal. Basta con una lengua afilada, una imaginación desbordante y una absoluta falta de espejo donde contemplar las propias miserias.

Las grandes campeonas suelen comenzar su entrenamiento en el seno familiar. Esas tías que, armadas con un teléfono móvil y una lupa moral, inspeccionan las redes sociales de sobrinos y parientes con el rigor de un inspector de Hacienda. Ninguna fotografía escapa a su veredicto.

—¡Qué gordo está!

—¡Pero qué jersey más hortera!

—La muchacha que lleva al lado tiene cara de buscar fortuna ajena!

—Y ese hotel… eso no llega ni a pensión con pretensiones.

Lo admirable es que semejantes conclusiones se obtienen ampliando una fotografía hasta distinguir el último píxel. Sherlock Holmes resolvía crímenes con menos pruebas.

Pero donde el cotilleo alcanza la categoría de arte es cuando aparece una propiedad compartida. Allí surge la célebre “prueba del algodón”. La cotilla profesional puede disfrutar durante años de todas las ventajas comunes, utilizar instalaciones, beneficiarse de privilegios, aceptar invitaciones a viajes, degustar comidas en restaurantes donde el mantel cuesta más que su generosidad y, sin embargo, si tras la visita del enemigo íntimo —el sobrino— descubre una mota de polvo escondida tras un mueble, aquello se convierte en un escándalo digno de una comisión parlamentaria.

Curiosamente, mientras el dedo acusador señala una pelusa, la otra mano procura esconder asuntos bastante más voluminosos: vacaciones sufragadas durante décadas por la familia, hijos colocados gracias a la saga familiar, utilización gratuita de inmuebles ajenos y una habilidad prodigiosa para vivir del esfuerzo de otros sin que la cartera sufra una contractura.

Y todavía protestan.

Porque el hipócrita nunca está satisfecho. Si recibe un dedo, reclama el brazo; si obtiene el brazo, exige el cuerpo entero y, cuando ya no queda nada que reclamar, se dedica a murmurar sobre quien le tendió la mano. La ingratitud suele llevar muy bien planchada la ropa de la respetabilidad.

No es extraño que muchas familias parezcan un Parlamento en miniatura. Cambian los apellidos, pero no los discursos. Las alianzas duran lo que tarda en servirse el café y las traiciones empiezan antes del postre. El rumor circula con mayor velocidad que la verdad, porque la mentira siempre encuentra voluntarios para repartirla gratuitamente.

José Luis Rodríguez Zapatero dejó una frase muy conocida: «Ser socialista es normalmente tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho». Como ocurre con casi todos los lemas políticos, unos la interpretan como un ideal y otros como una promesa que jamás llegó a la ventanilla de la realidad. Entre consignas y hechos suele existir la misma distancia que entre un programa electoral y el Boletín Oficial del Estado.

Como los sobrinos de Zapatero sigan soltando la lengua, acabarán con fama de víboras más que de sobrinos. Ya se sabe que quien vive del cotilleo hipócrita termina mordido por su propio veneno. Y en cuanto al jefe… más le valdría preocuparse menos por las habladurías y más por los tribunales de la opinión pública, porque el refranero es implacable: «Antes se atrapa a un embustero que a un cojo» y «quien siembra vientos, recoge tempestades».

En cualquier caso, la hipocresía no entiende de ideologías. Se acomoda igual de bien en un salón familiar que en un despacho oficial. Cambia el escenario, pero el libreto permanece intacto.

Por eso conviene desconfiar de quien dedica demasiado tiempo a escudriñar la vida ajena. Meter un zorro en un gallinero siempre termina mal para las gallinas. Y permitir que el cotilla profesional dicte sentencias morales suele acabar igual: mucho cacareo, muchas plumas por el aire y ningún huevo de verdad.

Antes de repartir certificados de virtud conviene pasar la ITV de la conciencia. Porque hay quienes buscan con lupa la paja en el ojo del vecino mientras transportan una viga sobre los hombros con la elegancia de quien cree llevar una pluma.

Al final, el cotilleo no retrata al criticado, sino al crítico. La lengua suele ser el espejo donde se refleja el tamaño del alma. Y algunas, por mucho que hablen, no alcanzan ni para limpiar el polvo que dicen encontrar en casa ajena.

Y así continúa girando el carrusel del cotilleo. Los mismos que acuden puntuales a misa diaria, desgranan el rosario con una devoción digna de altar y no olvidan persignarse al pasar frente a una iglesia, salen del templo con la lengua más ligera que el incienso. Rezan por la paz del mundo, pero antes de llegar al coche ya han despellejado a tres vecinos, dos cuñados y un sobrino.

Decía el Evangelio aquello de mirar primero la viga en el propio ojo antes que la paja en el ajeno. Sin embargo, algunos han modernizado el pasaje: llevan la viga sobre los hombros mientras recorren el pueblo con una lupa buscando motas de polvo en casa del prójimo.

Por eso conviene recordar otro viejo refrán, tan castizo como certero: «A Dios rogando… y con el mazo dando.» Solo que algunos lo han reinterpretado a su manera: rezando el rosario con una mano y repartiendo chismes con la otra. Y no hay pecado más ruidoso que el de quien presume de santo mientras practica el deporte nacional de la murmuración.

Porque, al final, el cotilleo no es un pecado venial: es la confesión pública de que la vida propia resulta demasiado aburrida para no vivir pendiente de la ajena.

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