El gran delito de la funcionaria: decir la verdad antes del telediario
por Alfredo Muñiz
Crónica del país donde se fusila al mensajero y se indulta al silencio
En el Reino de la Transparencia Opaca ocurrió un delito de los que hielan la sangre del político moderno: una funcionaria leyó un papel… y lo contó.
No robó un céntimo. No filtró el plano secreto de la Atlántida. No vendió la receta de las croquetas de Palacio. Cometió un pecado mucho más grave: adelantó una cifra antes de que la coreografía oficial estuviera ensayada.
Cuarenta y nueve mil. Ni una más, ni una menos. Un número con la mala educación de aparecer cuando aún los ministros buscaban el maquillaje adecuado para comparecer ante los espejos de la televisión.
Dicen las malas lenguas que, al escuchar la cifra, en los pasillos ministeriales no sonó la alarma por la entrada de miles de personas, sino por la fuga de un dato. Ya se sabe que en ciertos despachos los números no preocupan mientras permanezcan encerrados en un cajón.
El ministro, cuentan los juglares del reino, sufrió un berrinche digno de infante al que le esconden el sonajero. No porque hubiera caos, sino porque el caos había llegado con subtítulos.
La pobre funcionaria, que además estaba de vacaciones —esa extravagancia de los trabajadores— recibió una llamada más rápida que un pedido de comida a domicilio.
—Queda usted cesada.
Ni buenos días. Ni feliz verano. Ni disfrute de la playa. El cese llegó con tal velocidad que algunos sospechan que el récord nacional de respuesta administrativa no se consigue para conceder ayudas, sino para retirar sillas.
Mientras tanto, la página oficial quedó más silenciosa que un convento de cartujos. El caos seguía fuera, pero dentro reinaba la paz burocrática: si nadie actualiza la web, quizá la realidad se canse y vuelva por donde vino.
Quevedo habría escrito que el problema de ciertos gobernantes no es que entre mucha gente por la frontera, sino que entren demasiados datos por la puerta de la verdad.
Porque en esta nueva alquimia política no se combate el incendio: se despide al termómetro por anunciar la fiebre.
Y así marcha el reino, donde el mensajero acaba en el destierro mientras el mensaje solicita cita previa para ser recibido.
Moraleja: en tiempos de apariencias, la sinceridad cotiza peor que la mentira bien peinada. Y si alguna vez descubre usted un elefante en el salón, no se le ocurra anunciarlo. Corra las cortinas, baje la persiana y espere a que un comité decida si el paquidermo existe o si, por el contrario, es un simple problema de percepción ciudadana.
Porque, al fin y al cabo, las cifras pasan; los titulares vuelan; pero los berrinches ministeriales… esos ya forman parte del patrimonio inmaterial de la política española.

