Kevin Javier y el síndrome del oráculo: ¡Aquí el único que tiene razón soy yo!
por Alfredo Muñiz
Hay una curiosa especie que prolifera tanto en los despachos políticos como en los consejos de administración: el individuo que tiene razón absoluta sobre cualquier asunto, conoce todas las soluciones y, por supuesto, considera que cualquier opinión diferente constituye una imperdonable muestra de ignorancia.
Es una especie resistente, difícil de domesticar y que suele venir equipada con un ego de dimensiones industriales.
Recuerdo una anécdota de Kevin Javier, auténtico candidato a la presidencia mundial del club de los que nunca se equivocan. En cualquier conversación, sea sobre economía, gastronomía, estrategia empresarial o el mecanismo de funcionamiento del universo, Kevin parece tener una respuesta definitiva. No contempla alternativas, no necesita escuchar demasiado y, cuando alguien plantea una solución diferente, su expresión parece decir: «¡Qué atrevida es la ignorancia!».
El problema no es tener criterio, sino confundirlo con la verdad revelada. Porque una cosa es defender una idea y otra muy distinta pretender que el resto de la humanidad se limite a asentir con entusiasmo.
Y es que la economía lleva décadas explicándonos que los recursos son limitados y que hay que elegir. Milton Friedman popularizó una conocida metáfora: cañones o mantequilla. Es decir, dedicar recursos a defensa o destinarlos a bienes de consumo y bienestar. No se puede tener todo en la misma proporción, pero sí se pueden estudiar diferentes combinaciones y prioridades.
En política sucede exactamente lo mismo. Un Gobierno puede dedicar más presupuesto a infraestructuras, sanidad, educación o defensa. En la empresa, las decisiones tampoco son muy diferentes: invertir en crecimiento, repartir dividendos, mejorar salarios, renovar instalaciones o reforzar la tesorería.
La cuestión no consiste en imponer siempre la primera ocurrencia del jefe, sino en encontrar alternativas razonables, negociar prioridades y conseguir que las distintas partes implicadas puedan sentirse escuchadas y, en la medida de lo posible, satisfechas.
Porque gobernar un país o dirigir una empresa no consiste en jugar al Monopoly con el dinero y las ilusiones de los demás.
Hay que escuchar, negociar, ceder cuando corresponde y entender que el éxito de una decisión no se mide por cuántas veces se impone el criterio de quien manda, sino por los resultados que consigue para el conjunto.
Sin embargo, algunos confunden liderazgo con autoritarismo, firmeza con cabezonería y autoridad con la obligación de dar siempre la última palabra. Son los mismos que convocan reuniones para escuchar opiniones, siempre que todas coincidan con la suya.
Y cuidado con llevarles la contraria: pueden interpretar una propuesta alternativa como un atentado contra su prestigio personal.
La verdadera inteligencia no consiste en tener siempre razón, sino en ser capaz de reconocer que puede haber varias soluciones y que alguien, incluso Kevin Javier, podría tener una idea que merezca la pena escuchar.
Al fin y al cabo, en política y en los negocios, el que pretende ganar todas las batallas suele terminar administrando un campo de ruinas. Y el que quiere quedarse con toda la mantequilla, además de los cañones, corre el riesgo de que los demás terminen abandonando la mesa.
Moraleja: menos emperadores de salón, menos profetas del consejo de administración y más sentido común. Que para egos ya tenemos bastante con el presupuesto.

