El síndrome del intocable: cuando el poder te sube a la cabeza y la ley te baja los humos

De emperador a recluso: cuando los palmeros te hacen creer que estás por encima de la ley
por Alfredo Muñiz

Hay una curiosa enfermedad que afecta a determinados personajes cuando alcanzan las cumbres del poder, las finanzas o la fama. Se llama síndrome de la inmunidad imaginaria. Sus síntomas son bastante reconocibles: empiezan creyéndose imprescindibles, continúan rodeándose de aduladores y terminan convencidos de que las leyes se hicieron para los demás.

El ciudadano corriente tiene que pedir cita, guardar cola, pagar impuestos y responder ante Hacienda hasta por respirar. El poderoso, en cambio, parece desarrollar una curiosa interpretación del Código Penal: considera que los artículos son recomendaciones para el vecindario y que las obligaciones legales no van con él.

La historia está repleta de ejemplos. Rodrigo Rato, antiguo vicepresidente del Gobierno español, ministro de Economía y director gerente del Fondo Monetario Internacional, acabó conociendo las consecuencias de sus problemas judiciales y pasó por prisión. Cristina Fernández de Kirchner, expresidenta argentina, fue condenada en la causa Vialidad y cumple arresto domiciliario. Iñaki Urdangarin, antiguo duque consorte de Palma, también terminó entre rejas por su condena en el caso Nóos.

Tres personajes de mundos distintos, pero unidos por una lección bastante elemental: el poder, el dinero y los títulos nobiliarios no figuran entre las circunstancias que eximen del cumplimiento de la ley.

Pero ¿qué lleva a personas que aparentemente lo tienen todo a jugarse su reputación, su patrimonio y hasta su libertad por conseguir todavía más?

Mi teoría es que el poder prolongado produce una peligrosa intoxicación. Al principio te rodeas de colaboradores; después, de admiradores; más tarde, de palmeros profesionales y, finalmente, de una corte de aduladores que te ríen hasta los estornudos. Cuando llegas a ese punto, ya no necesitas asesores: necesitas un exorcista.

El adulador es una especie especialmente peligrosa. Nunca discrepa, jamás contradice y siempre encuentra una explicación para justificar tus disparates. Si te equivocas, te dice que eres un visionario incomprendido. Si metes la pata, asegura que has abierto un nuevo camino. Y si te saltas la ley, te explica que se trata de una interpretación creativa del ordenamiento jurídico.

Así se fabrica un pequeño dictador doméstico, empresarial o institucional. Un personaje que termina confundiendo el respeto con el miedo, la autoridad con el capricho y la admiración con la obediencia.

En España tampoco nos faltan episodios para alimentar esta tragicomedia. Los procedimientos judiciales relacionados con el entorno familiar y político de Pedro Sánchez, incluidos los que afectan a su hermano y a su esposa, han generado una enorme controversia pública. Las responsabilidades, naturalmente, tendrán que establecerlas los tribunales, no los palmeros ni los detractores.

Lo verdaderamente preocupante es esa sensación de que algunos poderosos viven instalados en una realidad paralela, donde todo se puede arreglar con una llamada, un nombramiento, una subvención o una rueda de prensa.

Y aquí viene lo más divertido: muchos de estos personajes se consideran genios rodeados de incompetentes. No se les ocurre pensar que quizá han tenido éxito porque otros trabajaron, porque las circunstancias les favorecieron o porque nadie se atrevió a llevarles la contraria.

Quevedo, si levantara la cabeza, tendría material para escribir una enciclopedia de pícaros con despacho oficial, consejeros de confianza y asesores de sonrisa permanente.

Porque el problema no es llegar a lo más alto. El problema es mirar desde arriba y pensar que el resto de los mortales está para servirte.

Moraleja: cuando el poder te hace creer que eres superior a la ley, conviene recordar que la justicia tiene una virtud extraordinaria: no siempre llega pronto, pero no entiende de alfombras rojas, apellidos ilustres ni tarjetas de visita.

Y, sobre todo, que el mayor peligro de un poderoso no es tener enemigos, sino quedarse sin nadie que se atreva a decirle que está haciendo el ridículo.

Y como de ridículos, poder y vanidades va la cosa, esta Navidad regalemos algo mucho más saludable: historias, emociones y pasión por el vino.

LA SAGA DEL TEMPRANILLO, la novela de Alfredo Muñiz, disponible en Amazon.

Porque hay personajes que se creen dueños del mundo y otros que, al menos, tienen la decencia de vivir entre las páginas de una novela. ¡Un regalo con sabor a literatura y mucho más difícil de olvidar que las promesas de cualquier poderoso!

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