España sobre raíles… aunque los políticos vayan descarrilados
por Alfredo Muñiz
Hay dimisiones que llegan tarde, otras que llegan mal y algunas que, por llegar después de tantos sobresaltos, parecen directamente un número de circo. La de Óscar Puente, si finalmente se consuma en los términos anunciados, tiene todos los ingredientes de una tragicomedia ferroviaria: un ministro que pasará a la memoria colectiva asociado a una etapa especialmente negra del ferrocarril español. Y eso que los trenes, hasta ahora, tenían fama de llegar tarde, no de protagonizar las noticias de sucesos.
Los expertos advierten de que los problemas de la red ferroviaria no se solucionan cambiando al maquinista político ni colocando una placa nueva en el despacho ministerial. Las infraestructuras necesitan mantenimiento, inversión, planificación y gestión. Cuatro conceptos que, por lo visto, no siempre viajan en el mismo tren que los discursos oficiales.
Pero si Óscar Puente aspira al dudoso honor de ministro de los descarrilamientos, Pedro Sánchez parece empeñado en reservarse otro título: presidente de las catástrofes nacionales. COVID, con aquella controvertida gestión de la pandemia; la DANA, Adamuz, los incendios forestales y otras tragedias que han sacudido el país. Un calendario de calamidades donde los ciudadanos ponen los muertos, los damnificados y la paciencia, mientras la política pone las comparecencias, las promesas y las ruedas de prensa.
Y en Moncloa, entretanto, parece que el departamento de comunicación funciona bastante mejor que el de gestión. Allí donde faltan explicaciones, sobran eslóganes; donde se reclaman responsabilidades, aparece un mitin; y donde se necesitan soluciones, se inaugura una nueva temporada de propaganda.
Por si el panorama fuera poco entretenido, la política española ha terminado convertida en una especie de serial judicial, con dirigentes y personas del entorno presidencial bajo el foco de los tribunales. Investigaciones, imputaciones, acusaciones y procedimientos que deberán resolverse donde corresponde: en los juzgados, no en los platós de televisión ni en los argumentarios de partido.
Quevedo, si levantara la cabeza, no necesitaría demasiada inspiración. Le bastaría con sentarse en el Congreso, escuchar un par de intervenciones y contemplar cómo algunos confunden el servicio público con el servicio a sus propios intereses. ¡Qué prodigio de prestidigitación! Desaparecen las responsabilidades, se multiplican las excusas y el contribuyente termina pagando la función.
España necesita menos mesías de mitin, menos vendedores de humo y bastante más gobernantes con sentido de Estado. Menos propaganda y más mantenimiento; menos soberbia y más humildad; menos trincheras partidistas y más soluciones.
Porque una nación no puede vivir permanentemente entre emergencias, investigaciones, incendios, inundaciones y trenes que protagonizan titulares por motivos que nunca deberían ser noticia.
Esperemos que soplen vientos mejores. Que se recuperen las infraestructuras, que se atienda a los damnificados, que los tribunales hagan su trabajo y que la política vuelva a ser una actividad honorable.
Y, sobre todo, que el próximo Gobierno consiga que los trenes circulen por sus vías, los políticos respondan por sus decisiones y los ciudadanos dejen de viajar en esta montaña rusa de incompetencia.
Porque España no necesita más maquinistas de la propaganda. Necesita buenos gobernantes que sepan conducir el país sin llevarlo permanentemente al descarriladero.
¡Menudo país de pícaros, donde algunos viajan en primera clase o en Falcón …, y la ciudadanía termina pagando hasta el billete del desastre!


