Cuando un gato abrazó un pepino y nació una candidata

La política española descubre por fin el verdadero sistema de primarias: si un gatito consigue más «me gusta», puede acabar gobernando el país

Por Alfredo Muñiz

Hubo un tiempo en que para ser candidato a unas elecciones había que militar en un partido, asistir a reuniones interminables, pegar carteles, conocer los estatutos y, en algunos casos, hasta tener un programa.

Qué tiempos aquellos.

La política española ha evolucionado.

Ahora basta con que un gatito abrace a un pepino con purpurina y consiga más «me gusta» que Irene Montero.

Así nace una candidatura.

Así nace una esperanza.

Así nace, probablemente, el Ministerio del Animalismo Hortofrutícola.

La historia tiene todos los ingredientes de nuestra democracia contemporánea: una dirigente que anuncia unas primarias abiertas, una periodista que decide presentarse, una red social que ejerce de colegio electoral y un felino que, sin saberlo, puede haber protagonizado el acontecimiento político más importante desde la Transición.

La democracia directa ha llegado.

Y tiene bigotes.

Del ágora griega al algoritmo

Rebeca Argudo ha recogido el guante lanzado por Irene Montero y ha decidido presentarse a las primarias de Podemos.

La condición previa era sencilla: si la fotografía del gatito abrazando al pepino lograba más «me gusta» que el anuncio de candidatura de Montero, habría candidatura.

El gatito ganó.

El pepino también.

Y los ciudadanos, por supuesto, quedamos inmediatamente convocados a la fiesta de la democracia.

No sabemos si el animal ha cumplido los requisitos de afiliación.

Tampoco sabemos si el pepino es militante o independiente.

Pero tiene algo fundamental para la política moderna:

engagement.

En otros tiempos, un partido necesitaba ideología.

Ahora necesita métricas.

Antes se hablaba de pueblo.

Hoy se habla de alcance.

Antes había mítines.

Ahora hay reels.

Y antes las encuestas preguntaban por quién ibas a votar.

Ahora parece que basta con preguntarle a Instagram qué le parece.

Podemos abre las puertas

La propuesta de Montero es que las primarias sean abiertas y pueda presentarse cualquiera.

Cualquiera.

La palabra es maravillosa.

Cualquiera.

Una palabra que abre infinitas posibilidades.

Podría presentarse un periodista.

Una actriz.

Un agricultor.

Un filósofo.

Un astronauta.

Un señor que pasaba por allí.

Un influencer.

Un percebeiro.

O, llegado el caso, el propio pepino.

El problema es que cuando un partido anuncia que puede presentarse cualquiera, siempre aparece alguien dispuesto a demostrar que hablaba en serio.

Y ahí apareció Argudo.

Con una candidatura que parece salida de una novela de humor político, pero que tiene la ventaja de no necesitar demasiada literatura para resultar surrealista.

La propia candidata define la política como «delirante».

Y aquí debemos reconocerle una virtud extraordinaria:

ha empezado la campaña diciendo la verdad.

El programa electoral definitivo

Argudo ha encontrado además una fórmula programática capaz de superar siglos de pensamiento político.

No hay derecha.

No hay izquierda.

No hay centro.

No hay extremos.

Hay algo mucho más poderoso:

estar a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo.

Aristóteles, Platón, Rousseau, Marx, Ortega y Gasset y Maquiavelo pueden ir recogiendo sus papeles.

Ha llegado el argudismo.

Una doctrina sencilla, transversal y extraordinariamente difícil de rebatir.

¿Está usted a favor de la paz?

Sí.

¿Y en contra de la guerra?

También.

¿Quiere vivienda?

Por supuesto.

¿Y trabajo?

Naturalmente.

¿Y dinero?

Faltaría más.

El problema aparece cuando alguien pregunta quién paga la fiesta.

Pero eso ya pertenece a una rama más avanzada de la filosofía.

La Hacienda Pública.

El milagro de convertir los deseos en derechos

La nueva corriente ideológica propone, según la entrevista, convertir los deseos en derechos.

Magnífico.

Es posiblemente la mayor fábrica de derechos humanos jamás concebida.

¿Quiere usted una casa?

Derecho.

¿Quiere usted dinero?

Derecho.

¿Quiere usted trabajar menos?

Derecho.

¿Quiere usted que los demás trabajen?

También.

¿Quiere usted ser rico, guapo, alto y listo?

Derecho constitucional.

Solo falta resolver un pequeño detalle:

¿quién se encarga de producir los bienes y servicios necesarios para que todos podamos disfrutar de nuestros derechos?

Pero tampoco conviene ponerse materialistas.

Eso podría estropear una campaña electoral.

El nuevo salario mínimo

La propuesta económica tiene también una lógica aplastante.

Si un eurodiputado cobra una cantidad considerable, el salario mínimo vital debería aproximarse a esa cifra.

Por fin una política económica basada en un principio revolucionario:

si algo es bueno para el político, debe ser bueno para el ciudadano.

El problema es que esta regla podría provocar efectos secundarios.

Si mañana un ministro estrena coche oficial, habría que socializarlo.

Si un diputado dispone de despacho, habría que universalizar el despacho.

Si un senador tiene dieta, habría que crear una dieta nacional.

Y si un político tiene asesores, tendríamos que contratar asesores para todos.

Millones de asesores.

España podría convertirse así en una gran consultora pública.

El PIB quizá no subiría.

Pero sabríamos perfectamente qué hacer con él.

La vivienda: de seis propiedades a seis millones

La cuestión inmobiliaria promete ser especialmente apasionante.

La solución propuesta consiste en expropiar viviendas, crear un fondo común y repartirlas.

Una idea revolucionaria que tiene la ventaja de resolver inmediatamente el problema de la vivienda.

También el de las inmobiliarias.

Y probablemente el de los propietarios.

La dificultad vendría después, cuando alguien preguntase quién construye las siguientes viviendas.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Primero se reparte.

Después ya veremos.

La política española ha desarrollado una poderosa tecnología:

el futuro se resuelve en la siguiente legislatura.

La igualdad definitiva

Argudo da un paso más allá y declara su preferencia por la igualdad de resultados frente a la igualdad de oportunidades.

Aquí sí encontramos una auténtica revolución.

Porque si todos tenemos que acabar igual, las diferencias de esfuerzo, talento, patrimonio, estatura, belleza o suerte pasan a ser detalles administrativos.

El país podría organizarse por percentiles.

Todos con la misma renta.

Todos con la misma casa.

Todos igual de altos.

Todos igual de guapos.

Y para los que no alcancen la media de belleza, quizá una ayuda pública.

Un Ministerio de Estética Social.

Con funcionarios especializados en determinar si su nariz cumple los objetivos nacionales.

El centro de Madrid llega a Toledo

Pero donde el proyecto alcanza verdadera grandeza imperial es en su concepción territorial.

Ampliar el centro de Madrid hasta Toledo.

Una idea que tiene una consecuencia inmediata:

Toledo dejaría de ser periferia para convertirse en barrio.

Después vendrían nuevas ampliaciones.

Portugal podría acabar siendo una especie de distrito exterior.

Menorca, una manzana.

Estaca de Bares, quizá una rotonda.

Y La Restinga, una urbanización del extrarradio.

España sería finalmente una enorme almendra central.

El problema del centralismo quedaría resuelto ampliando el centro hasta que ya no existiera periferia.

Ingeniería territorial.

Y llegó el Ministerio del Amor

Pero toda revolución necesita un Ministerio del Amor.

Aquí Orwell levanta una ceja.

La candidata propone crearlo.

Y uno empieza a sospechar que el futuro político español podría parecerse cada vez más a una mezcla de 1984, un mitin electoral y una comunidad de vecinos.

Eso sí: con gatitos.

Porque los gatitos, por ahora, parecen ser los únicos que conservan una aprobación transversal.

La política del «ay, mira, que me dejes»

Quizá la mejor definición de esta nueva doctrina sea la que ofrece la propia Argudo: una filosofía del «ay, mira, que me dejes».

No es mala idea.

De hecho, podría convertirse en el nuevo lema nacional.

España: ay, mira, que me dejes.

Que me dejes gobernar.

Que me dejes cobrar.

Que me dejes prometer.

Que me dejes rectificar.

Que me dejes cambiar de opinión.

Que me dejes explicar que no dije exactamente eso.

Y, sobre todo:

que me dejes llegar a las próximas elecciones.

La política como teatro

Lo más interesante de toda esta historia no es realmente quién gane unas primarias.

Lo fascinante es que la política haya llegado a un punto en el que una entrevista satírica puede parecer un programa electoral y un programa electoral puede parecer una entrevista satírica.

Las fronteras se han evaporado.

El humor hace política.

La política hace humor.

X hace de parlamento.

Los «me gusta» hacen de votos.

Y los gatitos hacen de encuestas.

Quizá ese sea el auténtico salto democrático del siglo XXI.

Ya no necesitamos que los ciudadanos sepan de economía, derecho constitucional, geopolítica o administración pública.

Basta con que tengan conexión a internet.

Y pulgar.

El futuro pertenece al algoritmo

La gran pregunta ya no es quién representa mejor a los ciudadanos.

La pregunta es:

¿quién consigue más «me gusta»?

Hoy gana el gatito.

Mañana podría ganar el pepino.

Pasado mañana, un vídeo de un perro disfrazado de ministro.

Y dentro de cuatro años quizá tengamos que elegir entre una coalición de influencers y un candidato generado por inteligencia artificial.

Entonces recordaremos con nostalgia aquella época en la que los partidos todavía necesitaban militantes.

La democracia habrá alcanzado su forma definitiva:

un gigantesco concurso de popularidad en el que el programa electoral será el contenido que nadie lee y el candidato será quien consiga que el algoritmo le quiera.

Y mientras tanto, en algún lugar de España, el gatito seguirá abrazado al pepino.

Sin programa.

Sin asesores.

Sin coche oficial.

Sin sueldo público.

Sin contradicciones.

Y, sobre todo, sin haber prometido absolutamente nada.

Por eso quizá sea el candidato más sensato de todos.

Vota gatito.

Al menos sabemos que no ha pedido todavía el Ministerio del Amor.

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