EL BUSCÓN DEL MAÍZ
Donde se prueba que no hay hierba más soberbia que la que nos da de comer
por Alfredo Muñiz, inspirado en un artículo científico del profesor Miguel POCOVÍ
Óyeme, lector, que el asunto no es poca cosa. Habla el profesor Pocoví del Zea mays, que no es sino una hierba de la familia de las gramíneas, prima hermana del trigo, el arroz y la cebada: casta de plebeyos ilustres.
Dios la hizo humilde y el hombre la hizo rentable. Se aprovecha entera, que es más aprovechada que un escribano: verde, de forraje; tierna, de hortaliza; moza, de elote; madura, de harina, aceite, almidón y jarabes; y muerta, de rastrojo. Hasta después de morir sigue trabajando, que ya quisieran muchos ministros.
Tres maíces y tres destinos
Está el maíz criollo, hijo de la domesticación del teocintle, que el campesino selecciona, guarda y vuelve a sembrar. No presume de productividad industrial, pero presume de diversidad: colores, formas y sabores para llenar un carnaval botánico.
Luego viene el híbrido, matrimonio concertado por la ingeniería agrícola. Se cruzan líneas seleccionadas y nace una F1 uniforme y vigorosa. Pero sus descendientes ya no conservan esas mismas ventajas. La naturaleza, cuando se pone a repartir herencias, no entiende de uniformes.
Y finalmente aparece el transgénico, que no es precisamente hijo de una noche de verano. Aquí el hombre mete mano directamente en el genoma para conferirle determinadas características: resistencia a insectos, tolerancia a ciertos herbicidas u otras propiedades. El maíz Bt, por ejemplo, produce proteínas procedentes de Bacillus thuringiensis que afectan a determinadas plagas.
Y aquí comienza el sainete.
Unos ven en él una herramienta agrícola; otros, una puerta abierta a una agricultura demasiado dependiente de determinadas tecnologías y empresas. La ciencia no cabe en una pancarta: cada cultivo, cada modificación y cada uso deben juzgarse por sus características concretas y por la evidencia disponible.
Porque tampoco conviene confundir laboratorio con aquelarre.

