Kombucha: el elixir que prometía arreglarnos la vida
por Alfredo Muñiz
Durante años la kombucha ha entrado en nuestras vidas con la solemnidad de quien trae el Santo Grial: fermentada, ecológica, probiótica y con nombre de mascota japonesa. Bastaba beber un vaso para sentirse saludable, moderno y ligeramente superior al vecino que todavía desayuna café con leche.
Pero la ciencia acaba de llamar a la puerta… y no trae precisamente una bandeja de kombucha.
Un ensayo realizado durante ocho semanas con 40 adultos ha puesto a prueba algunas de sus supuestas maravillas. Hubo cambios en determinados compuestos, sí, pero no apareció el milagro esperado sobre la respuesta al estrés.
Es decir, que después de beber kombucha quizá sigamos estresados, pero ahora con un ligero regusto a vinagre y bastante más cara la botella.
La cuestión no es que la kombucha sea el demonio embotellado. El problema es esa vieja costumbre de convertir cualquier alimento de moda en una especie de santo medicinal con etiqueta premium. La ciencia, mucho menos glamurosa, recuerda que los estudios en humanos todavía son escasos y que la composición de la bebida puede variar según la fermentación.
Así que quizá haya llegado el momento de rebajar la liturgia: la kombucha puede ser una bebida interesante, pero todavía no consta que cure el estrés, purifique el alma ni nos convierta en influencers de vida saludable.
Y si algún día consigue además pagar la hipoteca, entonces sí podremos proclamarla oficialmente la octava maravilla de la nevera.

