El gran negocio del eclipse: cuando hasta el Sol pasa por caja
por Alfredo Muñiz
Por fin ha llegado el día del eclipse, ese fenómeno astronómico que durante millones de años se ha producido sin necesidad de gabinete de prensa, campaña publicitaria, reserva hotelera ni comisión de expertos. Pero ha sido descubrir que la Luna va a tapar al Sol durante un rato y, ¡milagro celestial!, aquí ha aparecido un nuevo negocio terrenal.
Porque donde hay oscuridad, siempre hay quien enciende una factura.
El eclipse, para unos, ha sido una oportunidad empresarial de esas que caen del cielo —literalmente—; para otros, un auténtico saca cuartos con gafas especiales, alojamientos especiales, excursiones especiales y hasta lugares especiales desde donde mirar cómo la Luna le hace al Sol lo que algunos políticos llevan años haciéndole a los contribuyentes: taparle la luz.
Hay hoteles que han descubierto que una habitación con ventana al cielo vale más que una suite con jacuzzi. Restaurantes que ofrecen menús astronómicos y establecimientos que, si pudieran, cobrarían suplemento por respirar aire durante la totalidad. No sería extraño que algún avispado comerciante haya puesto ya un cartel: “Agua mineral con vistas al eclipse: 7 euros. Sin vistas: 3,50.”
Y mientras tanto, en plena crisis de Gobierno, nuestro presidente, Pedro Sánchez, parece controlar la situación con la serenidad de quien sabe que los problemas de la Tierra pueden esperar mientras uno se encuentra entre buceo y buceo en su residencia veraniega de La Mareta, en Lanzarote.
Pero el eclipse es cosa seria.
Tan seria que, para contemplarlo en todo su esplendor, el presidente se trasladará a la península acompañado del correspondiente despliegue de seguridad. Porque ya sabemos que en España hasta mirar al cielo requiere protocolo, escolta, perímetro de seguridad y probablemente algún funcionario encargado de comprobar que la Luna tenga autorización para cruzarse delante del Sol.
Mientras tanto, las advertencias sobre los peligros de mirar directamente al eclipse han conseguido algo extraordinario: que millones de españoles tengan miedo de levantar la cabeza.
—No mires al cielo, que te puedes quedar ciego.
Y el ciudadano, que lleva toda la vida mirando de frente a la política, a la inflación, a los recibos de la luz y a las declaraciones de Hacienda, de repente descubre que lo realmente peligroso estaba encima de su cabeza.
Otros, más escépticos, consideran que todo esto son chorradas y exageraciones.
—Yo he mirado al Sol toda la vida y aquí estoy.
Naturalmente, también hay quien fuma toda la vida y sigue aquí, pero la estadística no suele ser un argumento especialmente recomendable para la oftalmología.
Dicen, además, que se van a reforzar los servicios oftalmológicos.
Y aquí es donde uno empieza a sospechar que el eclipse no sólo oscurece el cielo, sino también el entendimiento.
Porque si el daño ocular provocado por mirar directamente al Sol puede ser irreversible, ¿qué hacemos reforzando los hospitales después? ¿Vamos a poner un oftalmólogo detrás de cada persona con la misión de devolverle la vista?
—¿Qué le ha pasado?
—Que miré al eclipse.
—¿Con gafas homologadas?
—No.
—Pues mire usted qué mal negocio.
Lo cierto es que este eclipse ha conseguido algo que parecía imposible: poner de acuerdo a astrónomos, comerciantes, hoteleros, políticos, vendedores de gafas y ciudadanos en una misma cosa: hay que aprovecharlo.
Unos aprovechan para hacer ciencia.
Otros, para hacer turismo.
Otros, para hacer caja.
Y los más avispados, para hacer las tres cosas a la vez.
Quedan ya pocas horas para conocer el desenlace final de este cortejo celestial entre el Sol y la Luna. Una historia de amor imposible en la que uno se tapa al otro durante unos minutos y millones de espectadores pagan por asistir.
Que lo disfruten.
Pero, por caridad, miren al cielo con prudencia, con las gafas adecuadas y sin dejarse engañar por el vendedor de turno.
Porque el Sol podrá desaparecer unos instantes detrás de la Luna, pero la factura del eclipse puede permanecer mucho más tiempo delante de nuestros ojos.


