Marlaska: el náufrago que siempre encuentra un flotador en Moncloa

Marlaska, el ministro de las siete vidas

por Alfredo Muñiz

Dicen los viejos marineros que hay barcos que sobreviven a cualquier temporal. Y luego está Fernando Grande-Marlaska, que no navega: flota. Lo mismo da que arrecien las olas, que se rompan los diques o que el viento sople desde Rabat con fuerza de huracán. Él permanece en cubierta con el gesto de quien asegura que todo estaba previsto… aunque el agua ya entre por los ojos de buey.

Hay ministros que dimiten por una frase desafortunada. Otros por un expediente extraviado. Marlaska, en cambio, ha convertido cada crisis en un curso acelerado de supervivencia política. Si la política fuera una corrida de toros, él sería el único diestro capaz de salir por la puerta grande después de que el toro, el picador y media plaza le hayan pasado por encima.

La inmigración aprieta, Ceuta se desborda, Melilla aún resuena en la memoria colectiva, las oposiciones claman, los sindicatos protestan y la oposición afila el estoque. Pero el ministro sigue en pie con la serenidad de una farola que ha visto pasar todas las tormentas sin cambiar la bombilla.

Mientras tanto, el presidente convoca gabinete de crisis en la residencia veraniega. ¡Qué gran invento el teletrabajo con piscina! La política española ha descubierto que las decisiones más trascendentales pueden discutirse con una tumbona a pocos metros y una sombrilla haciendo de techo institucional. Solo falta que el Consejo de Ministros llegue en chanclas y que el orden del día incluya “primer punto: la frontera; segundo punto: quién ha cogido la última hamaca”.

La Mareta deja de ser residencia estival para convertirse, por unos días, en un improvisado cuartel general. Allí acudirán ministros, asesores y estrategas con semblante grave, aunque el rumor del Atlántico insista en recordar que agosto sigue siendo agosto. Quizá entre un café y otro alguien proponga la gran solución nacional: cambiar el nombre a la crisis para que parezca menos crisis.

Y mientras las responsabilidades vuelan de un ministerio a otro como una pelota en partido de tenis, el ciudadano contempla el espectáculo con la misma perplejidad que quien observa a una orquesta discutir quién desafinó mientras el barco ya busca puerto de emergencia.

Porque en esta corte moderna nadie dimite; simplemente cambia de argumento. Donde ayer hubo éxito, hoy hubo herencia. Donde hoy hay fracaso, mañana habrá un relato alternativo. Y así pasan los días, entre ruedas de prensa, comunicados solemnes y comparecencias donde las palabras abundan con la misma generosidad con la que escasean las explicaciones.

Quevedo, de vivir hoy, cambiaría la espada por un micrófono y escribiría que España ha descubierto un nuevo deporte olímpico: el salto de responsabilidad sincronizado. Todos brincan con elegancia para que la culpa caiga siempre en la piscina… pero nunca salpique al bañista principal.

Y allí continúa Marlaska, inmóvil en medio del vendaval, convertido ya en una leyenda administrativa. Hay ministros de Interior; él parece ministro del Exterior… porque siempre acaba saliendo de todas las tormentas sin mojarse demasiado. Si la política concediera medallas por resistencia, habría que fundir una estatua con su nombre. Aunque, visto lo visto, quizá sobreviviera incluso al bronce.

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