Mucho marcianito de escaparate y ni un extraterrestre para el selfi

Turismo para espíritus inquietos… o para carteras demasiado tranquilas

por Alfredo Muñiz

El verano divide a la humanidad en tribus perfectamente reconocibles. Están los que se tuestan al sol hasta adquirir el color de una gamba cocida; los que ascienden montañas convencidos de que sudar cuesta arriba es descanso; los que peregrinan de museo en museo fotografiando cuadros que jamás volverán a mirar; y, finalmente, la especie más pintoresde todas: el turista que cruza medio planeta para buscar aquello que nadie ha conseguido encontrar.

Porque, si existe un negocio infalible, es vender misterio con aparcamiento gratuito.

Ahí están esos pueblos de Estados Unidos donde aseguran que los extraterrestres aterrizan con la misma frecuencia con la que aquí llega el repartidor de paquetería. Las calles rebosan marcianitos verdes, platillos volantes de plástico, camisetas fluorescentes y tazas con ojos saltones. Hasta las farolas parecen vigilar el cielo por si aparece un ovni con ganas de repostar.

Lo extraordinario es que miles de turistas acuden cada año con la esperanza de convertirse en los primeros influencers interplanetarios. Regresan con la maleta llena de llaveros alienígenas, tres gorras fosforescentes y una factura considerable… pero ni una miserable fotografía abrazados a E.T. Ni un selfi con un ser de Alfa Centauri. Ni siquiera un marciano borroso saliendo de una gasolinera.

Los únicos seres inteligentes que allí prosperan son los comerciantes.

No menos curiosos resultan quienes pagan fortunas por dormir en hoteles encantados. Pagan por no pegar ojo. Si escuchan un ruido, celebran la experiencia paranormal. Si no escuchan nada, exigen una reclamación porque el fantasma estaba de vacaciones.

También abundan los cazadores del monstruo del lago. Pasan horas escrutando el agua con prismáticos mientras la criatura, de existir, debe de llevar décadas escondida riéndose del género humano. Ningún monstruo ha firmado jamás un autógrafo, pero el negocio de los recuerdos sigue flotando mejor que cualquier leyenda.

Otros buscan el Yeti, el Bigfoot o cualquier pariente lejano del hombre peludo. Resulta admirable que, con los millones de teléfonos móviles que existen en el planeta, estos ilustres personajes sigan poseyendo el prodigioso don de salir siempre desenfocados.

Vivimos una época maravillosa: podemos fotografiar un electrón, un agujero negro o una bacteria… pero el monstruo siempre aparece movido.

El turismo moderno ya no consiste en descubrir el mundo, sino en coleccionar rarezas para las redes sociales. Cuanto más improbable sea el destino, mayor prestigio concede al viajero. Ya no basta con decir “he estado en París”. Eso resulta vulgar. Lo distinguido es anunciar que uno ha pasado tres noches esperando una abducción extraterrestre, ha cenado una hamburguesa con forma de ovni y ha comprado una piedra certificada como “posible fragmento espacial”, fabricada probablemente en una nave… industrial de China.

Quevedo habría disfrutado contemplando este mercado de crédulos voluntarios. Él, que conocía bien la condición humana, habría escrito que algunos buscan vida inteligente fuera de la Tierra porque todavía no la han encontrado en determinadas reuniones familiares.

Al final, el mayor misterio no consiste en averiguar si existen los extraterrestres, sino en comprobar cómo algunos consiguen regresar con la cartera vacía, la memoria del móvil llena de muñecos verdes y la firme convicción de que el próximo verano, esta vez sí, un marciano aceptará posar para Instagram.

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