Euskadi: de árbol en árbol por Oma, escalón a escalón por Gaztelugatxe… ¡y mucho arte para tan poco pulmón!

DEL BOSQUE DE LOS COLORES AL CASTILLO DE JUEGO DE TRONOS: EUSKADI, ENTRE EL ARTE, LA HISTORIA Y LOS MILAGROS DE LAS RODILLAS

Por Alfredo Muñiz

Crónica de una excursión por el Bosque de Oma, San Juan de Gaztelugatxe, Gernika y Bermeo, donde los árboles tienen más imaginación que algunos artistas contemporáneos, las escaleras ponen a prueba la fe y el bacalao consigue que uno se reconcilie hasta con el mismísimo Satanás.

Hay viajes que se hacen para descansar y otros que se emprenden para descubrir que uno estaba mucho mejor sentado en el sofá. Mi recorrido por el País Vasco pertenecía a esa segunda categoría, aunque debo reconocer que el paisaje compensó con creces los achaques del excursionista.

La aventura comenzó en el Bosque de Oma, donde el artista Agustín Ibarrola decidió que los árboles no tenían bastante con echar hojas, dar sombra y producir oxígeno. Había que convertirlos también en lienzos. Y así, entre troncos pintados, figuras geométricas y perspectivas imposibles, uno termina preguntándose si ha entrado en un bosque encantado o en una exposición de arte contemporáneo donde los árboles se han negado a permanecer quietos.

Lo fascinante es que las pinturas cobran sentido cuando uno encuentra el ángulo adecuado. De frente, un árbol puede parecer un árbol; dos pasos más allá, se convierte en una obra de arte. Una lección de vida: a veces no es que las cosas estén mal, sino que uno está mal colocado.

Eso sí, para disfrutar plenamente de la experiencia hay que caminar. Y caminar bastante. El bosque es una maravilla, pero no dispone de servicio de chófer entre árbol y árbol. A esas alturas, uno empieza a sospechar que Ibarrola no solo quería democratizar el arte, sino también fomentar el ejercicio físico entre los visitantes.

Después de tanto colorido, tocaba enfrentarse a una de las estampas más espectaculares de la costa vasca: San Juan de Gaztelugatxe.

Si el Bosque de Oma es una exposición al aire libre, Gaztelugatxe es una penitencia con vistas al Cantábrico. Una ermita encaramada sobre un islote, un puente de piedra y una interminable sucesión de escalones que parecen diseñados por alguien que no tenía ninguna simpatía por los turistas.

El lugar es de una belleza extraordinaria. El mar golpea las rocas, el horizonte se despliega majestuoso y la ermita corona el paisaje como si Dios hubiera decidido instalar una segunda residencia en primera línea de costa.

Pero antes de llegar arriba hay que negociar con las piernas, los pulmones y la dignidad personal. Cada escalón constituye una nueva reflexión filosófica: ¿qué necesidad tenía yo de venir hasta aquí? ¿No se podía admirar la misma belleza desde una terraza con un café?

La fama cinematográfica de la zona, convertida en escenario de Juego de Tronos, añade un punto épico a la excursión. Uno se siente protagonista de una gran aventura medieval, aunque en mi caso el dragón más temible era la cuesta y la batalla decisiva consistía en llegar arriba sin solicitar una tregua.

Y, por supuesto, está la tradición de tocar tres veces la campana de la ermita. Una costumbre que, después de semejante ascensión, uno cumple con entusiasmo: por devoción, por superstición o por si acaso el santo tiene influencias en traumatología.

De allí nos dirigimos a Gernika, donde la excursión abandonó el terreno de la fantasía para adentrarse en la memoria histórica.

Gernika es mucho más que el nombre de un cuadro de Picasso. Es un símbolo de la tragedia de la guerra, de la resistencia y de la identidad vasca. Ante el árbol de Gernika y la Casa de Juntas, uno comprende que hay lugares donde la historia no necesita levantar la voz para hacerse escuchar.

El célebre roble, convertido en emblema de las libertades vascas, parece contemplar con serenidad el paso de los siglos y de los políticos. Si pudiera hablar, probablemente tendría material para una enciclopedia y paciencia suficiente para escuchar promesas electorales hasta el fin de los tiempos.

Después de tanta solemnidad, conviene recordar que el viajero también tiene necesidades terrenales. La historia alimenta el espíritu, pero no hay árbol sagrado que consiga saciar el hambre. Y en Euskadi, por fortuna, la gastronomía está a la altura de cualquier acontecimiento histórico.

La última parada fue Bermeo, villa marinera que huele a sal, a pescado fresco y a ese Cantábrico que unas veces parece una postal y otras una advertencia para navegantes.

Su puerto, las casas de colores y el ambiente marinero componen una estampa que invita a pasear sin prisas. Aquí el mar no es un decorado: es parte de la vida, del carácter y de la historia de sus habitantes.

Bermeo conserva ese encanto de los pueblos que no necesitan disfrazarse de destino turístico porque llevan siglos siendo auténticos. Aunque, viendo la cantidad de fotografías que hacemos los visitantes, sospecho que pronto habrá que declarar el puerto patrimonio universal del postureo.

Y llegó el momento culminante de cualquier expedición vasca: sentarse a la mesa.

Porque uno puede sobrevivir al arte abstracto, emocionarse ante la historia y conquistar escaleras dignas de una etapa reina del Tour de Francia, pero si al final no hay una buena comida, la excursión queda incompleta.

Un buen pescado, unas kokotxas, un bacalao al pilpil o cualquier otra tentación de la cocina vasca convierten el cansancio en un recuerdo lejano. De pronto, las rodillas dejan de protestar, la conversación se anima y uno empieza a considerar que quizá sí merecía la pena subir aquella montaña de escalones.

Conclusión: el País Vasco es un territorio donde los árboles hacen exposiciones, las ermitas exigen sacrificios, la historia impone respeto y los restaurantes practican una forma de alta diplomacia con el apetito.

Regresé con la memoria llena de paisajes, la cámara repleta de fotografías y las piernas con una opinión bastante menos favorable sobre el turismo cultural.

Pero volvería. Eso sí, la próxima vez propongo una pequeña modificación del itinerario: que el Bosque de Oma tenga un trenecito, que Gaztelugatxe incorpore un ascensor panorámico y que en Gernika y Bermeo nos esperen directamente a la hora de comer.

Porque una cosa es viajar para descubrir el mundo y otra muy distinta empeñarse en conquistar cada escalón como si nos fueran a entregar el trono de Hierro.

Y, francamente, para sentarse en un trono, prefiero uno que no esté al final de 241 escalones.

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