EL PRÍNCIPE AZUL DESPUÉS DE LOS 50: CABALLO BLANCO, PERO CON ITV
por Alfredo Muñiz
Hubo un tiempo en que las mujeres soñaban con un príncipe azul que llegara a lomos de un caballo blanco, con capa al viento, espada reluciente y sonrisa de anuncio de dentífrico. Él las rescataba del castillo, derrotaba al dragón y, después de tres besos y una boda, vivían felices para siempre.
Pero entonces llegaron los 50.
Y a esa edad uno descubre que el verdadero príncipe azul no necesita caballo. Principalmente porque el caballo da trabajo, come mucho y probablemente haya que pagarle un seguro.
El príncipe azul del siglo XXI, a partir de los 50, es otra especie. Más sofisticada, más escasa y, sobre todo, mucho más difícil de encontrar que un soltero disponible un sábado por la noche.
A los 50 ya no se busca un hombre que prometa amor eterno mientras mira a las estrellas. Se busca uno que mire a los ojos y diga:
—¿Has cenado?
Porque el romanticismo, con cierta edad, adquiere una dimensión gastronómica.
El príncipe azul maduro debe tener una cualidad fundamental: estar emocionalmente disponible. Esto, que parece sencillo, es una de las mayores rarezas de nuestro tiempo. Hay hombres que están disponibles para jugar al golf, para hablar de fútbol, para viajar a Ibiza, para hacer una barbacoa con los amigos y hasta para discutir durante tres horas sobre qué coche comprar.
Pero cuando llega la conversación sobre sentimientos, desaparecen como Houdini.
El príncipe azul del siglo XXI no huye de las conversaciones difíciles. Las afronta. No dice aquello de «yo soy así» como quien presenta una enfermedad crónica e incurable. Porque después de los 50 uno ya debería saber que tener carácter no significa tener mal carácter.
Debe haber aprendido también que una relación no consiste en encontrar a alguien que le aguante sus manías, sino en encontrar a alguien con quien compartirlas… y, si es posible, reducirlas.
Porque a estas alturas de la vida todos llevamos equipaje.
Algunos llevan divorcios.
Otros, hijos.
Otros, suegras.
Otros, exs que siguen escribiendo mensajes con la misteriosa puntualidad de las plagas bíblicas.
Y algunos llevan un historial sentimental que parece el índice de una enciclopedia.
Por eso el príncipe azul de los 50 no tiene que venir sin pasado. ¡Faltaría más! Tiene que venir con pasado, pero sin vivir instalado en él.
Debe haber aprendido de sus errores. Y, sobre todo, debe ser capaz de reconocerlos.
Un hombre que a los 55 todavía considera que jamás se ha equivocado no es un príncipe azul.
Es un peligro público.
El príncipe azul maduro también debe saber escuchar.
No simplemente esperar su turno para hablar.
Escuchar de verdad.
Saber que cuando una mujer dice «no pasa nada», puede significar exactamente lo contrario. Y que cuando dice «haz lo que quieras», conviene estudiar cuidadosamente el contexto histórico, la entonación y hasta la meteorología.
Pero tampoco se trata de convertir el amor en una oposición a funcionario.
El príncipe azul debe tener sentido del humor.
Mucho.
Porque a los 50 empiezan a aparecer pequeñas sorpresas que no estaban en el cuento original: las gafas para leer, las canas, algún dolor misterioso que aparece los martes, la espalda que protesta por dormir mal y esa rodilla que parece tener información meteorológica propia.
A partir de cierta edad, el cuerpo deja de ser un templo y empieza a comportarse como una comunidad de vecinos: cada órgano tiene su propia opinión.
Por eso el príncipe azul debe saber reírse de sí mismo.
Y aceptar que el tiempo pasa.
Que ya no se trata de parecer de 30, sino de llegar a los 60 con la ilusión de alguien que todavía tiene ganas de vivir.
Debe ser independiente, pero no individualista.
Tener su propia vida, sus amigos, sus aficiones y sus espacios, pero entender que compartir no significa perder libertad.
Porque el amor maduro no es una jaula.
Es una habitación con dos puertas.
Cada uno puede entrar y salir.
Pero, sobre todo, quiere volver.
El príncipe azul de los 50 tampoco necesita demostrar nada.
No necesita presumir de dinero, de coches, de conquistas ni de abdominales.
A estas alturas, un hombre que todavía necesita demostrar que es un macho alfa probablemente necesite más terapia que una pareja.
El auténtico príncipe azul puede llevar una camiseta, unos vaqueros y una barriga razonablemente democrática.
Lo importante es que tenga educación.
Que sepa tratar bien a una camarera.
Que no humille a nadie.
Que no sea mezquino.
Que cumpla lo que promete.
Que tenga palabra.
Porque la verdadera elegancia no está en el reloj ni en los zapatos.
Está en cómo trata a quien no puede ofrecerle nada.
Y debe tener otra virtud revolucionaria: saber pedir perdón.
No un «perdona si te has sentido ofendida», que es la versión diplomática de «la culpa es tuya».
Un perdón de verdad.
De esos que dicen:
—Me equivoqué.
Tres palabras capaces de derribar más muros que una excavadora.
Y, naturalmente, el príncipe azul del siglo XXI debe saber viajar.
No hace falta que tenga un jet privado.
Basta con que tenga curiosidad.
Que le apetezca descubrir ciudades, pueblos, restaurantes, playas, vinos, museos, mercados y caminos.
Que entienda que viajar acompañado es mucho más que hacerse fotografías.
Es compartir cansancio, mapas, retrasos, habitaciones de hotel, desayunos y decisiones sobre dónde cenar.
Y si después de perderse juntos siguen queriendo estar juntos, entonces quizá haya amor.
Porque el verdadero lujo, después de los 50, ya no es tenerlo todo.
Es tener a alguien con quien disfrutar de lo que se tiene.
Alguien con quien brindar.
Con quien reír.
Con quien discutir y reconciliarse.
Con quien guardar silencio sin que resulte incómodo.
Con quien poder decir:
—Vámonos.
Sin saber exactamente adónde.
Y que la respuesta sea:
—Vamos.
Ese es el verdadero príncipe azul.
No el que aparece en caballo blanco.
Sino el que, después de medio siglo de vida, todavía conserva la capacidad de sorprender, de querer, de aprender y de mirar a una mujer como si acabara de descubrirla.
Porque quizá el amor después de los 50 tenga una ventaja sobre el de los 20:
ya no se busca a alguien que nos complete.
Se busca a alguien que, estando completo, tenga ganas de caminar a nuestro lado.
Y si además sabe elegir un buen restaurante, no ronca demasiado y no confunde la tapa del váter con una instalación artística…
entonces, señoras, no lo dejen escapar.
Eso ya no es un príncipe azul.
Eso es patrimonio de la humanidad.


