Donde la naturaleza hace de arquitecto, el agua de despertador y la selva de recepcionista
por Alfredo Muñiz
Hay hoteles donde uno llega, deja la maleta, pregunta por el wifi y empieza a pensar en la hora de salida.
Y luego está Diyabubula, en el corazón de Sri Lanka, cerca de Dambulla, donde la primera pregunta que debería hacerse el viajero no es dónde está la televisión, sino dónde demonios se ha metido el hotel.
Porque aquí la selva no está detrás de la ventana.
Está dentro del hotel.
Diyabubula significa «Fuente Burbujeante», en referencia al manantial de agua dulce que brota en la propiedad. Y el nombre no podía ser más apropiado: aquí el agua, los árboles, las esculturas y los pájaros parecen haberse puesto de acuerdo para demostrar que la naturaleza también sabe diseñar hoteles.
El pequeño Art & Jungle Hideaway cuenta con cinco villas, concebidas por el artista, escultor y paisajista srilanqués Laki Senanayake, que durante décadas transformó este terreno en un bosque vivo, jardín de agua y galería de arte al aire libre. Las construcciones incorporan madera recuperada y materiales integrados en el paisaje, hasta el punto de que uno tiene la sensación de que las villas no fueron construidas: simplemente estaban allí esperando al viajero.
Aquí no manda el reloj.
Mandan los pájaros.
El agua.
Las libélulas.
Las mariposas.
Y, probablemente, algún mono que se considere propietario de la finca.
Diyabubula propone precisamente lo contrario del turismo con cronómetro: caminar despacio, observar, leer, escribir, dibujar o sencillamente no hacer absolutamente nada, que en nuestra civilización hiperactiva se ha convertido casi en una actividad de lujo.
Y todo ello con el legado artístico de Senanayake presente en el paisaje y en la pequeña Square Foot Gallery, donde sus esculturas y obras conviven con el agua y la vegetación.
Pero sería un pecado viajar hasta aquí para quedarse únicamente contemplando las hojas.
Porque estamos en plena Triángulo Cultural de Sri Lanka.
Y a poca distancia esperan dos lugares capaces de recordar al viajero que esta isla tiene bastante más historia que cualquier folleto turístico.

Sigiriya: subir al cielo para visitar al rey
Primera parada: Sigiriya, la famosa Roca del León.
Una gigantesca roca de piedra rojiza emerge del paisaje como si algún dios hubiera dejado olvidado un enorme monumento en mitad de la selva.
Sobre ella, en el siglo V, el rey Kasyapa levantó su fortaleza-palacio. Para llegar arriba hay que subir, y subir, y seguir subiendo, hasta que uno empieza a comprender que los antiguos monarcas tenían una curiosa manera de seleccionar las visitas: si conseguías llegar hasta ellos, probablemente merecías audiencia.
La recompensa son jardines, restos arqueológicos, antiguas pinturas y unas panorámicas espectaculares sobre el bosque.
Después de la ascensión, uno comprende que el minibar de un hotel moderno quizá no sea tan mala invención.
Dambulla: cuando la montaña se convierte en templo
Y para completar la excursión, el Templo de la Cueva de Dambulla.
Cinco cuevas excavadas bajo una enorme formación rocosa conservan un extraordinario conjunto de estatuas de Buda y pinturas murales. El complejo es uno de los grandes lugares religiosos y artísticos de Sri Lanka y forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Aquí cambia completamente el ambiente.
En Sigiriya uno imagina reyes, intrigas y palacios.
En Dambulla reina el silencio.
Budas dorados, pinturas, penumbra y siglos de devoción convierten las cuevas en un escenario donde hasta el viajero más descreído termina bajando el volumen de voz.
Quizá porque después de tantos siglos uno sospecha que los budas tienen bastante más paciencia que nosotros.
Y así, entre la selva de Diyabubula, la roca de Sigiriya y las cuevas de Dambulla, aparece una de esas combinaciones que hacen especial un viaje a Sri Lanka: naturaleza, arte, espiritualidad e historia a pocos kilómetros de distancia.
La mejor parte, sin embargo, llega al regresar a Diyabubula.
Porque después de subir una fortaleza, contemplar siglos de historia y recorrer templos, uno vuelve al bosque, escucha el agua de la fuente burbujeante y descubre que el mayor lujo del día quizá no sea haber visto un monumento extraordinario.
Es sentarse junto al estanque.
Respirar.
Escuchar los pájaros.
Y comprobar que, por una vez, no hay ninguna necesidad de tener prisa.
En Diyabubula hasta el tiempo parece haberse ido de vacaciones.
Y, sinceramente, no parece que tenga intención de volver.


